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SUMA FLAMENCA
Corral de la Morería. Madrid 24 de mayo |
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RICHTER LLEGÓ AL FINAL Cante: Fernando Terremoto. Texto: Manuel Moraga Ecos de cante ancestral en el espacio decano de los tablaos madrileños. El planteamiento no puede ser más flamenco. La hora, tampoco: a las 00:30 estaba prevista la actuación del hijo del gran Terremoto, una de las muchas delicias flamencas que Madrid está ofreciendo estos días gracias a la segunda edición del Festival Suma Flamenca. Un curioso ambiente se formó en el Corral de la Morería, mezcla de turistas (eufemismo de “guiris”) y clásicos aficionados de la capital. Esperando el inicio de la actuación, con esa luz amarillenta, debajo de esas lámparas castellanas y esas antiguas vigas de madera, teniendo enfrente el mítico cuadro que preside el escenario del Corral y recordando que Fernando Terremoto canta a Israel Galván en “la Edad de Oro”, me vino a la mente la imagen de aquellos Cafés Cantantes de principios del siglo XX donde el flamenco empezó a madurar una vez realizada su primera fermentación. Muchos de los óleos costumbristas que se han pintado para representar aquellos locales podrían haberse inspirado en un ambiente como el que todavía ofrece el Corral de la Morería. Fernando Terremoto tiene uno de los sonidos más negros que podemos encontrar en los cantaores de nuestro tiempo o, al menos, en los cantaores coetáneos. De su combinación de elementos (hijo de quien es, nacido donde ha nacido, teniendo la noción de guitarra y de cante que tiene, etc.) lo más lógico es que el resultado de la fórmula fuese un precipitado de alta densidad artística. Y lo es. Pero no todas las noches tienen que salir redondas, del mismo modo que no todos lo toreros tienen buenas todas las tardes. Comenzó calentando, probándose y buscándose con las bulerías por soleá. Quedó en el intento. Después pasó a la malagueña con la forma del Mellizo, pero en el segundo cante -en el grande-, esquivó los terrenos comprometidos. Terremoto seguía escrutándose estoicamente y el siguiente ensayo lo hizo por bulerías “para refrescar”, apuntó. “¡A ver qué pasa!” dijo cuando anunció las siguiriyas. Y ahí ya empezó a ver la luz, sobre todo en el remate. Otro cantar –nunca mejor dicho- fueron los tientos y tangos, en los que Fernando Terremoto logró cuadrar el juego. Se sintió cómodo y en ese estado todo comenzó a salir con fluidez. Así consiguió arrancar el primer gran aplauso realmente cálido de la noche. Después seguirían más, por ejemplo, como premio a sus “fandangazos” y, sobre todo, por su derroche con las bulerías de su tierra, cantadas ya de pie e intercalándolas con sus correspondientes pataítas. El bis fue una continuación de ese lance. Realmente, se agradece poder disfrutar del flamenco en espacios reducidos que no necesitan la amplificación de la voz ni de la guitarra. La tecnología también interviene en el desarrollo del arte condicionando las técnicas de canto. La espectacularización del flamenco hace difícil escuchar al natural la voz de primeras figuras, como es el caso de Terremoto. Sería mi imaginación, pero en ese ambiente del más acusado costumbrismo y en esas condiciones tan naturales (voz contra pared y madera) creí percibir cómo el Corral de la Morería pudo incrementar su ya rancia solera con los ecos negros de un Terremoto que sólo logró mover la escala de Richter en el último tercio de su actuación.
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