CARLOS PIÑANA. 'MUNDOS FLAMENCOS'.

(presentación, Centro Cultural 'Las Claras' de Cajamurcia, Murcia, 12H, 15/10/2003).

Después de su análisis de la situación actual del
flamenco, el transcriptor y crítico de guitarra flamenca Claude
Worms establece de forma provisional cuatro tendencias: la de los «tradicionales»
con la mayoría de los cantaores de hoy, que solo recurren a la
fórmula de grupo para dar «más color» a sus discos
o por moda comercial, la de algunos autores-compositores-intérpretes,
es decir «cantautores» (como Diego Carrasco, Kiko Veneno, Ray
Heredia, etc…), la de grupos con dominante vocal, los más populares,
con tendencia flamenco-salsa dominada por Ketama y flamenco-blues-rock
por Pata Negra, hoy Raimundo Amador, que perpetuan el hermanamiento con
la rumba catalana, la de grupos con dominante instrumental, siendo más
numerosos los formados en torno a un guitarrista. La guitarra contemporánea
a la que pertenece Carlos Piñana entraría pues en esta última
categoría. Sin embargo podemos observar algunas excepciones.

Si las grabaciones y conciertos del guitarrista tocando solo con su
instrumento parece ya una actitud romántica, algunos concertistas
de flamenco la siguen adoptando como entre otros, José Manuel Cano,
continuador de la escuela de su padre Manuel Cano, Parrilla de Jerez,
Paco Serrano, Manolo Franco o Rafael Riqueni que tiene dos discos en esta
línea y ofrece recitales en solitario.

Siguiendo el modelo establecido por Paco de Lucía, los concertistas
de ahora suelen iniciar sus conciertos con tres o cuatro toques en solitario,
para aumentar paulatinamente los componentes, pasando de dúo, trío,
quarteto, quinteto, etc… hasta el grupo definitivo. Esta actitud en
cierta manera es lógica: el valor guitarrístico de un solista
se calibra escuchándolo tocar solo y cuida mucho de dejar claro
su dominio del instrumento, antes de buscar apoyos. Luego se suele proponer
el flamenco en todas sus posibilidades expresivas, con las percusiones,
el baile, el cante, las guitarras, la improvisación reunidos en
el mismo escenario.

A pesar de formatos parecidos en cuanto a componentes, el contenido
musical de los grupos suele diferir según la orientación
del solista. Hay grupos que priorizan el tratamiento rítmico (Vicente
Amigo, Gerardo Nuñez, Enrique de Melchor, El Viejín) añadiendo
incluso connotaciones étnicas (Tomatito, Moraíto, Pepe «Habichuela»),
otros cuidan más de la melodía y de los arreglos armónicos
desde diferentes influencias jazzísticas (Juan Manuel Cañizares,
José Luis Montón, Miguel Rivera, el nuevo José Antonio
Rodríguez) o clásicas (Carlos Piñana).

A pesar de ser de su época y actuar con la fórmula de grupo,
Carlos Piñana está encontrando su personalidad y su sitio
precisamente desde las connotaciones clásicas de su toque. «Mundos
Flamencos», el nuevo trabajo que presentamos hoy, viene a confirmarlo,
dando un salto cualitativo en el feliz sincretismo entre sus formaciones
flamenca y clásica, y acercándose incluso al llamado «sinfonismo
flamenco», la composición para guitarra flamenca y orquesta,
que solo muy pocos concertistas han sido capaces de abordar.

Hemos dicho que el grupo de Carlos Piñana suena diferente a los
demás. Quizás por casualidad y suerte -la presencia de excelentes
músicos cubanos en Cartagena- , ha encontrado en Raudel Betancourt
y en Lázaro Issaqui a dos multi-instrumentistas muy preparados
musical e instrumentalmente, que comparten con él una misma pasión
por la música bien hecha. Por otra parte, la voz de su hermano
Curro que pertenece plenamente a la nueva estética del cante, la
que revisa a los clásicos del género desde un acercamiento
más musical e intelectual, actitud que corresponde también
con las búsquedas estéticas de Carlos.

Los mundos flamencos que nos propone ahora el concertista son los habituales
en la guitarra flamenca contemporánea, desde la guitarra sola,
a pequeñas formaciones de cámara, pasando por el acompañamiento
al baile, hasta llegar a esta otra dimensión, nueva en la producción
de Carlos y muy atractiva, la orquesta sinfónica.

La guitarra sola la tendremos en un clásico de la guitarra flamenca
de concierto, el toque por soleá, con «Maestros». La
soleá es el toque flamenco por excelencia, hecho expresamente sobre
las características de afinación del instrumento y sobre
la base armónica esencial del flamenco, la cadencia andaluza. Carlos
Piñana, desde su virtuosismo, ha querido aquí proponernos
un toque muy tradicional en su concepción, sin armonías
extrañas y préstamos, sino las básicas que dan el
color al toque, actitud de respeto, reconocimiento y agradecimiento que
intuimos cuando sabemos que la dedica a los maestros de la sonanta, entre
ellos a su padre, el tocaor y concertista Antonio Piñana.

La guitarra sola dialogando con sí misma y con apoyo de percusiones
la tendremos en las alegrías «Pastueña». El término
pastueño en flamenco significa relajado, sin prisas, como escuchándose
uno mismo, como tocando uno para sí mismo. Es un poco la impresión
que nos dan estas alegrías, donde Carlos Piñana parece recrearse
en el ideario romántico que define parte de su personalidad.

Luego la guitarra sola para dialogar con el baile la disfrutamos en dos
temas, la farruca «Recordándote» y la seguiriya «Bordoneando».

Baile de hombre por excelencia, en este caso el de Javier Latorre, toque
de concierto donde el solista apura los recursos expresivos sobre la tonalidad
menor del estilo, Carlos Piñana consigue con su farruca unas cuotas
de expresión insuperables. Quizás por su marcada inclinación
a la estética romántica antes aludida, donde el misterio
camina de la mano de la melancolía, expresada ahora con una economía
de recursos desconcertante, es para mi gusto uno de los temas mejores
conseguidos del CD.

Aprovechará una nueva afinación del instrumento y diferentes
préstamos de otros géneros musicales, entre ellos, el blues,
para proponernos una revisión vanguardista y audaz del baile jondo
por excelencia, el de seguiriya.

Esta misma intención vanguardista en búsqueda de nuevas
escalas y acordes para la guitarra flamenca la encontraremos en una fantasía
titulada de forma significativa «Locura». Una vez más
la actitud romántica del concertista en su proceso creativo. Tenemos
aquí sin lugar a duda una pequeña composición programática,
es decir un tema, un poema que condiciona la música. Será
el de la locura, con una introducción muy sugerente por sus escalas
disonantes que nos dibujan un laberinto donde perder la razón.
Luego la locura del enamorado con la inconstancia de la amada, cantada
de forma sentida por Curro Piñana.

La guitarra en formato de grupo pop la incluye la rumba «De luna
blanca». Diálogo entre la guitarra flamenca de Carlos y la
eléctrica-acústica de Chema Vilchez, con las percusiones
y bajo de Lázaro Issaqui en un tema con armonías abiertas
que nos recuerda otra rumba de Carlos, «Déjate llevar».

Sabicas fue el primer concertista en interpretar un concierto para guitarra
flamenca y orquesta, escrito expresamente para él por Moreno Torroba.
Entre los antecedentes de flamencos con orquestas, cabe recordar a Luis
Maravilla, otra sonanta entre flamenca y clásica, que interpretó
el Concierto de Aranjuez del Maestro Rodrigo en el estreno de Pilar López
en Barcelona el 12 de abril de 1952. Este concierto parece atraer a los
flamencos, ya que Paco de Lucía también lo ha interpretado
y grabado, y recientemente Gerardo Nuñez ha hecho una gira internacional
con este concierto en su programa. Nos referimos ahora a obras ya compuestas
interpretadas por un concertista flamenco.

Otra cosa bien diferente es la composición para orquesta y guitarra,
lo que se ha descrito como «sinfonismo flamenco». Hay primero
obras escritas por el guitarrista y luego orquestadas por un compositor,
como es el caso de Vicente Amigo y Leo Brouwer con «Poeta»,
o el «Picasso Azul» de José Antonio Rodríguez.

Luego están los contados concertistas flamencos que han escrito
todas las partes de la obra. Esto supone primero saber escribir, no solo
para guitarra, sino para todos los instrumentos de la orquesta, es decir
conocer musical y tecnicamente las posibilidades de cada uno de ellos.
Luego saber de composición, saber empastar los timbres y los registros,
sino el resultado puede sonar a pelea de perros. Rafael Riqueni se inició
en estos dominios, compuso y escribió las partes de cuerdas que
oímos en su soberbio disco «Mi tiempo». Pero en estos
menesteres, destaca sobre todo Manolo Sanlúcar por haber sido la
vía principal de expresión y creación, por consiguiente
de trabajo, que ha elegido, desde su «Concierto para guitarra flamenca
y orquesta» grabado en 1978.

El llamado «sinfonismo flamenco» se caracterizaría pues
por dos actitudes: la colaboración entre un guitarrista flamenco
y un arreglista, la composición y escritura completa del guitarrista.

Con «Mundos flamencos» Carlos Piñana inaugura una tercera
actitud: la composición propia y la escritura de los arreglos compartida,
en este caso con los cubanos Lázaro Issaqui y Raudel Betancourt.

Propone en primer lugar la suite flamenca titulada Esencia». La
«suite» en música clásica suele ser una composición
instrumental con la succesión de movimientos de danzas de carácter
diferente, pero escritos en la misma tonalidad y la mayoría de
las veces de estructura idéntica. La suite clásica consta
generalmente de cuatro partes, y se suele iniciar con un preludio. Carlos
Piñana comienza la suya con una «introducción»
a cargo de la orquesta que anuncia el carácter sentimental general
de la composición. Contesta la guitarra sola con lo que llama «fantasía»,
una parte donde el concertista deja fluir libremente su lirismo. El tercer
movimiento adopta la forma de danza latinoamericana, esta vez un sentido
bolero moderno a cargo de la orquesta, con una coda libre por la orquesta
y por la guitarra sobre el toque de granaína. El último
movimiento ternario sobre la forma taranta presentará un original
«collage» guitarra-orquesta-voz sobre la temática de
Levante. Una suite muy libre pues en su concepción, donde sin embargo
se aprecian dos elementos que la cohesionan: el lirismo en la expresión
y los toques de Levante en el color armónico.

La otra composición lleva el título «Mi Gente»
y está protagonizada sobre todo por la orquesta, en este caso la
Orquesta Sinfónica de Murcia, dirigida por José Miguel Rodilla.
Se trata de una danza andaluza, el tanguillo, preludiado libremente por
la guitarra y la orquesta, para pasar seguidamente a la forma rítmica
del tanguillo, con una orquestación que refleja la procedencia
cubana de dos de los tres arreglistas.

A la hora de hacer balance, vemos que los «Mundos flamencos»
de Carlos Piñana tienen tela y abarcan casi todas las corrientes
que actualmente la guitarra flamenca está desarrollando, lo que
dice mucho sobre su preparación y capacidad de trabajo. Aunque
este balance puede dar la sensación de resultado fragmentado, hay
un hecho que unifica sus mundos flamencos: suenan todos a Carlos Piñana,
están todos impregnados por el lirismo de la concepción
romántica de un soñador e idealista que ha elegido la guitarra
flamenca como medio de expresión, rara avis y bocanada de sensaciones
diferentes en nuestra época hypertecnológica e hypermaterialista.

Norberto Torres Cortés.


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