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XI FESTIVAL DE JEREZ
Esta tercera jornada del Festival de Jerez incluyó la presentación de Antonio Márquez del espectáculo que tiene preparado para el lunes 26 en el Villamarta. El bailarín y bailaor sevillano aprovechó la oportunidad para comentar su asombro ante la habitual ausencia de su compañía de danza española en los escenarios de Sevilla, cuando la ha llevado a todo el resto de Andalucía, España, Europa y diversos países por el mundo entero. Explicó sincera y cariñosamente su firme compromiso con la danza más clásica del repertorio español, y subrayó que algunas de las mejores composiciones históricas del acervo nacional no pueden ser representadas debido al elevado coste de los derechos de autor que generan, un tema preocupante.
Santiago Lara
Bodega Los Apóstoles. 1900h
Texto: Estela Zatania
Fotos: Paco Sánchez
Guitarra: Santiago Lara. 2ª guitarra: Paco Lara. Cante: Londro, David Palomar. Bajo: Popo. Percusión: Perico Navarro, Catumba. Colaboración especial: Mercedes Ruiz
A las siete de la tarde, con el cielo todavía aguantando el color azul, el guitarrista Santiago Lara ofreció su recital “El sendero de lo imposible”, título de su nueva grabación.Después de varios años tocando al lado de Manolo Sanlúcar, vino a su tierra natal a demostrar su propia capacidad de concertista con un conjunto que ha incluido bajo, segunda guitarra, percusión, cante y también baile, éste último facilitado por Mercedes Ruiz de la que es tocaor habitual.
El público, principalmente extranjero (los mejores guitarristas del país se quejan del poco interés de los españoles en la guitarra flamenca de concierto) gozó de varias composiciones contemporáneas, y muchas pinceladas de cante con las voces de Londro y David Palomar.Entre otros temas, tocó unas alegrías a paso ligero en La, tango rumba, bulerías, soleá de corte clásico y la farruca bailada por Mercedes Ruiz.
Javier Barón “Meridiana”
Teatro Villamarta. 2100h
Baile: Javier Barón, Manuela Ríos, Ana Morales, Lielah Broukhim. Guitarra: Javier Patino, Ramón Amador. Cante: Juan José Amador, Miguel Ortega, Jesús Méndez. Cante/baile: Tomasito. Percusión: Tino di Geraldo, Luis Amador. Violín: Alexis Lefèvre.
Javier Barón llegó al Teatro Villamarta con “Meridiana”, su segundo estreno en sólo tres meses. Con la máquina de humo a todo lo que da, Tomasito, auténtico juglar de la época moderna del flamenco, toma el escenario con su compás y su inventiva. De esta manera el comienzo de la obra no tiene pérdida y estamos enganchados. Aparecen tres bailaoras con castañuelas de mango, como emplean en las orquestas – Javier Barón tiene un delicioso y travieso sentido del humor. Las mujeres cantan el fandango cané a su propio baile, y entra Barón a compás de abandolao. Rondeña, un guiño al folklore granadino, una bailarina clásica de zapatilla, “Arza y viva Ronda (reina de los cielos)” y más compás en medidas de tres. El loco popurrí no da tregua y Javier fascina. Dignidad, madurez, elegancia, conocimientos, respeto. El flamenco sin tremendismo, porque el bailaor tiene el buen gusto de no tomarse en serio, y hasta la siguiriya se convierte en divertida con el cante inventado de Tomasito.

Un largo segmento instrumental da la entrada por soleá. El baile de Barón es original a la vez que clásico, controlado pero natural. Rehuye del aplauso fácil, la energía no emana abiertamente de él sino que lo rodea. Lección número uno: el poder está en el compás para el que sepa dominarlo y usarlo, el hombre está sereno. Es un camino más largo, pero que conduce al objetivo con absoluta precisión.
El flamenco sin tremendismo
Vuelve Tomasito. Canta y baila por soleá, pero exclusivamente a su manera. Ahora con Barón, un paso a dos entre bailaor y juglar, el primero baila, el segundo guasea, la compenetración es perfecta, quién lo fuera a decir, el compás les hace cómplices del mismo juego. Pincelada de jota, el saber no ocupa lugar, Barón sabe mucho y llega lejos con conocimientos y vivencias.
Alegrías clásicas, Javier vestido de color melocotón y con el centro de gravedad más bajo de todos los bailaores actuales. El atrás viste blanco, grata novedad después de tanta moda negra. La susodicha siguiriya, encontrando en ella el alma escondida de la bulería. Las tres bailaoras de rojo para bulerías, podría ser el fin de fiesta pero no lo es, a Javier Barón le gusta romper moldes, pero sin hacer ruido. Soleá por bulería, la mezcla de cantes sigue funcionando. La interesante Manuela Ríos baila en solitario unos minutos antes de que vuelva el bailaor que es de los pocos capaces de bailar con una mujer sin eclipsarla.
El único momento flojo llega al final con un desafortunado baile sin cante de las tres mujeres, largo, repetitivo y demodé, pero llegan Javier y Tomasito a poner orden y escoltarlas hasta la salida. Saludos, aplausos sinceros y el público en pie para darle las gracias a Javier Barón por su genio, su creatividad y por encima de todo, su dignidad en el baile.
ALICIA MÁRQUEZ Y RAMÓN MARTÍNEZ
Sala Compañía
25 de febrero
Baile: Alicia Márquez y Ramón Martínez. Cante: Londro y Miguel Ortega. Guitarras: Jesús Torres y Paco Arriaga. Palmas: Carlos Grilo.
Texto: Manuel Moraga
Fotos: Paco Sánchez
Pasado, presente y virtud
Los espectáculos de pequeño formato ofrecen a los artistas la gran oportunidad de presentar trabajos más arriesgados o, al menos, con una complicidad más íntima entre ellos y el público. Las dimensiones son más reducidas y la cercanía invita a la comunión. Ayer esa comunión se celebró en la antigua iglesia de la Compañía de Jesús, que hoy es la Sala Compañía. Alicia Márquez y Ramón Martínez hicieron en “De la memoria” un juego entre el ayer y el hoy. Sus propias voces en off, con reflexiones sobre el pasado y el presente, fueron sirviendo de hilo conductor de un espectáculo cuyo fin principal era dar rienda suelta a un baile que en ocasiones resultó excesivo.

Alicia Márquez bailó martinete y soleá. Piezas redondas y equilibradas, especialmente la soleá con bata de cola, que fue un ejemplo perfecto de cómo debe utilizarse artísticamente este complemento. Las japonesas, holandesas y demás “guiris” que -medio dormidas- asistieron al espectáculo pudieron tomar una clase extra. Alicia Márquez bailó bien el cante, demostró autoridad sobre la bata de cola, pero no venciéndola, sino convenciéndola. Con cariño, con suavidad, recreándose. Sus brazos y manos delataban su escuela sevillana y el baile tuvo, además, una unidad dramática. No fue una sucesión de partes, sino una globalidad.
Ramón Martínez comenzó bailando la famosa rondeña de Ramón Montoya, respetando muchísimo la música, sin estorbarla y encontrando coherencia entre forma y fondo. Su segunda intervención en solitario fueron las alegrías, que resultaron un derroche: de fuerza, de recursos y, sobre todo, de tiempo, porque se hicieron eternas. Para que un baile resulte redondo exige su propio tiempo y ante la excesiva dilatación, he de confesar que me perdí. Perdí el hilo argumental, como si de una película se tratase, porque toda propuesta artista emite un mensaje que necesita estructurarse. Cuando la estructura “narrativa” se alarga sin motivo justificado tiene muchas posibilidades de que el mensaje se distorsione, y eso es lo que, a mi juicio, ocurrió con las alegrías de Ramón Martínez. La segunda cosa que le sobró, en mi opinión, fue la acrobacia, el exceso técnico, que queda muy resultón pero resta profundidad. También hay que decir en sufavor que su baile presentó mucha originalidad, con recursos y detalles expresivos personales de gran belleza.
Tras los abandolaos de cante, y como colofón, Alicia Márquez y Ramón Martínez bailaron juntos disfrutando, con complicidad, con gracia. Con honestidad, Alicia Márquez y Ramón Martínez expusieron sus propuestas en torno al pasado que fue y al presente que es. Noche, en definitiva, de buen baile, pero con algún exceso temporal. El término medio es el punto de la virtud.
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