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7 de octubre de 2008
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FESTIVAL DE NIMES

“DEL RÓDANO AL GUADALQUIVIR”
Fernando de la Morena, Antonio Negro
Teatro Odéon, Nimes, Francia. 22 de enero, 2007. 2000h



PROGRAMACION DEL FESTIVAL - ESPECIAL Festival de Nimes 2007. Seguimiento diario

Texto y fotos: Estela Zatania

Aunque la organización del venerable Festival de Nimes no tenga por costumbre colocar el típico número romano delante del nombre del festival, con esta edición son diecisiete años desde aquella primera "Nuit du Flamenco" en 1991. Pero mucho antes de que comenzara la aventura, había una arraigada población de españoles emigrantes, y de forma esporádica tuvieron lugar destacados recitales, incluyendo el de Paco de Lucía en 1970 o de Vicente Amigo en 1989 cuando apenas tenía nombre fuera de España. Desde aquellos comienzos, pocas figuras del flamenco han dejado de pisar los escenarios de esta hermosa ciudad.

El reloj flamenco del festival de Nimes empieza a tener cuerda firme a partir del 1991 cuando es inaugurado como concurso de guitarra con una gran gala protagonizada por Manolo Sanlúcar, y al año siguiente canta Camarón de la Isla con Tomatito en la penúltima actuación de aquél. El evento crece y se transforma, por el camino se suprime el concurso y se amplía el programa de actuaciones y las actividades culturales. Ahora, en el 2007, es la mayor ventana al mundo flamenco desde el balcón galo con clara repercusión a nivel internacional. Y ese éxito ha contribuido a que toda una generación de artistas franceses, no sólo guitarristas, sino también bailaores y cantaores, consideren el flamenco cosa suya, sin que deje de ser un arte netamente español, de la misma manera que relacionamos la ópera clásica con Italia, a la vez que aceptamos y admiramos a cantantes líricos de muchos países.

El flamenco pertenece a aquellos que lo miman y lo practican

Y es esa perspectiva y el carácter autosuficiente que distinguen la afición francesa de la de otros países. Después del "bonsoir mesdames, messieurs", van directamente al "¡vamoallá!", sin miramientos, y despachan un tipo de flamenco absolutamente válido y digno, sobresaliente a veces. El primer recital del programa empezó con un artista francés ejemplar. Antonio Santiago "el Negro", marsellés con medio siglo de vida, y casi los mismos años tocando la guitarra, con raíces en Almería, es conocido en Francia por sus geniales experimentos con otras músicas, pero la noche de lunes hizo gala de su buen sentir flamenco. Su hermano Pepillo al cante, con estilo camaronero pero con voz propia, delataba vivencias y una cariñosa afición de muchos años. Su interpretación subraya el hecho de que Camarón no fue sólo una voz sino una manera muy especial de tejer las melodías, hilvanando aquí y allá con notas bemolizadas, o con intervalos deslizados, la técnica del ‘glisando’ que anteriormente habíamos escuchado sin querer de las emisoras cuyas ondas nos llegaban desde el norte de África.

Soleá a paso ligero, con un trato jazzístico en su justa medida, acordes extendidos empleados con admirable discreción y gusto, la pauta marcada por Paco de Lucía cuando El Negro se aficionó a la guitarra flamenca. El músico lanza breves comentarios en francés al público, y te haces a la idea de que el flamenco pertenece a aquellos que lo miman y lo practican. Siguiriyas también tirando a un ritmo veloz, y Pepillo está a la altura con estilos bien definidos, incluido el de Juanichi el Manijero en la versión gaditana fosforera que hoy predomina. Debla al cajón, y chapó al percusionista Juanma Cortés por su extrema sensibilidad y su obvio deseo de arropar sin estorbar. Fandangos de Huelva y de Granada, y bulerías para terminar, recordando a algunos cuplés que se han hecho famosos en décadas recientes, como el clásico "Al alba" de Pepe de Lucía. El público pide bis, pero los artistas desaparecen entre estruendosos aplausos.

Un bálsamo que llega a herir cuando menos te lo esperas.

Después del descanso, tomamos asiento en el expreso para Santiago de Jerez, tarea encomendada al veterano Fernando de la Morena, y la joven guitarra de Diego del Morao. La hermosa voz de Fernando sorprende y agrada por su falta de efectismo. Lejos del histrión que caracteriza el prototípico cantaor jerezano, el decir de Fernando es un bálsamo que llega a herir cuando menos te lo esperas. Un cante noble y sincero, empapado de vivencias e inspirado en tiempos y lugares que ya no existen.

Los cantes de trilla con los que suele empezar, con sus característicos injertos de "gitana mía" y "ayes", ganan el corazón colectivo de los presentes. Taranto, lleno de matices, llevando el modelo que dejó Torre más allá de lo habitual, y Diego está en plena forma con esa mezcla de raíces añejas y contemporaneidad que tan bien domina. A traves de la música, la pareja nos hace jerezanos honorarios, y sigue Fernando con sus personalísimos fandangos después de una disculpa por encontrarse "un poquillo resfriao".

Por siguiriyas saca los "soníos negros" con absoluta naturalidad, el cante sabe lo que tiene que hacer, y el buen cantaor hace de intermediario espiritual. Cantes por fiesta, especialidad de Fernando sin que sea justo tacharle de festero, despedida, saludo y bis que no se perdona en este caso. Porque el "caso" de Fernando de la Morena es especial, y "Con qué gusto y qué placer" el cantaor regala al público otro poquito de su delicioso arte. Tampoco se libra de otro bis, ahora uno de sus divertidos cuplés en escala menor, ese sonido tan distinto que nos transporta a otra época y redondea una flamenquísima velada en esta fría noche francesa.


 
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