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Especial Enrique Morente

De OMEGA a EL PEQUEÑO RELOJ

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El Pequeño Reloj

Transcurridos siete años desde OMEGA, Morente sorprende de nuevo. En esta ocasión -y junto con Javier Limón- recurre al flamenco más clásico, convirtiendo su obra en un homenaje a los grandes maestros desaparecidos del cante: Tío José “El Granaíno”, como de la guitarra: Ramón Montoya, Sabicas y Manolo de Huelva; así como a otros vivos, como Pepe Habichuela, Niño Josele, Tomatito; a la percusión de Bandolero y Piraña, el bajo de Alain Pérez, teclados de Caramelo, el piano de Javier Limón y la trompeta de Jerry González. Además, participa, de nuevo, su hija Estrella, y al baile está Israel Galván. Es una producción flamenca, flamenco fusión, por supuesto, es decir, hecho y sentido para el mundo, estrenada en Granada, en el Palacio de Carlos V, con motivo del Festival Internacional de Música y Danza en junio del año pasado, al que le siguió una actuación en el Cuartel del Conde Duque en Madrid, y después París, Boston, Nueva York y Washington - los maestros no tienen límites.

El Pequeño Reloj incluye 14 piezas musicales. Su tema monográfico es el reloj, mejor dicho, el tiempo reducido al tic-tac omnipresente, que gobierna situaciones existenciales muy dispares y con cierta índole de crítica social, como demuestra el “Alegato contra las armas” al son de Beethoven y el homenaje a Lula, el presidente brasileño.

Aquí nos referimos exclusivamente al tema central de la producción: al significado y al valor del tiempo. Morente utiliza la poesía popular, a su manera, es decir, completándola. También se apoya en los grandes de la poesía: en este caso en León Felipe y Gustavo Adolfo Bécquer; y -no lo olvidemos- en las guitarras de los maestros que le acompañan gracias a la moderna tecnología y al truco del sampler, como si de una cita se tratase. El tiempo, pues, es algo manejable, un invento, un compromiso con el proceso eterno del aparecer y desaparecer. La filosofía de Morente se extrae de unas letras de León Felipe, cuyo verdadero nombre fue Felipe Camino Galicia de la Rosa, nacido en 1884 en Zamora en el seno de una familia acomodada. Huyó de su ambiente social y su oficio de boticario, para actuar en una compañía ambulante que le acercó a la bohemia y con ella a la pobreza. En 1919 leyó su primer libro de poemas en el Ateneo de Madrid: Versos y oraciones de caminante. Tras su estancia de unos años en Guinea, donde ejerció su profesión inicial, se fue a México, dedicándose a la enseñanza, sirviendo de esta manera a la España republicana. Después de recorrer Estados Unidos junto a su esposa, Berta Gamboa, se exilió en México, donde siguió con su obra poética y donde murió en 1968.

Las letras del Pequeño reloj se basan en una idea desarrollada por León Felipe en su poema La tangente que narra la conversación entre un niño y el “señor Arcipreste” en torno a la relatividad del cielo y del tiempo:

“No hay arriba ni abajo...
Y la estrella del hombre es la que ese disparo va buscando,
ese cohete místico o suicida, rebelde, escapado...
De la noria del Tiempo
como el dardo,
como el rayo,
como el salmo.
Dios hizo la bola y el reloj: la noria dando vueltas y vueltas sin cesar,
y el péndulo contándole las vueltas, monótono y exacto...”

En la versión de Morente, el tiempo se divide en dos hemisferios, el tiempo del pequeño reloj y él del gran reloj:

He aquí otra manera de medir
Y gira el llanto sin cesar,
Como el rosario, como la noria,
Como el mundo, como la espiral
Del mecanismo perfecto y perpetuo de un reloj.
El año, el siglo, el tiempo
El llanto y el tiempo contando los pasos.
Contamos el tiempo con las cuentas amargas de las lágrimas.
El pequeño reloj
Y también contamos el tiempo con el mar.
El mar movido eternamente por el viento
Que el mar también es un reloj.
El gran reloj
Una ola, dos olas, tres olas
Pasan los años y los siglos
Y las horas no cesan
Las olas van y vienen y se rompen
Hay más olas que estrellas
Y que granos de arena
Y contamos el tiempo
Con las olas amargas coronadas de espuma.
Yo no le temo a las olas
Ni a los grandes temporales
Yo le temo a tus ojillos
Cuando dejan de mirarme

Que me toque arrebato
Las campanas del olvido
Venga y apaguen el fuego
Que esta gitana ha encendido


En la era en la que las distancias y el tiempo ya no se miden ni en concepto del mar y del viento sino en millones de años luz, en megaparsecs, la insistencia en el pequeño reloj representa el recurso a lo humano en el espacio, al tiempo específico de lo humano, aquella “otra manera de medir” basada en el llanto sin cesar, el rosario y la noria, en los que se asienta el mundo convertido en el “mecanismo perfecto y perpetuo de un reloj”. Morente nos lleva delante del tiempo contado “con las cuentas amargas de las lágrimas”, el tiempo humano. Sin duda, las lágrimas que hacen el pequeño reloj son como un grano de arena: “hay más olas que estrellas”, aunque frente a él existe otro tiempo, el de “las olas amargas coronadas de espuma”. Llegado a este punto de oposición existencial, Morente rompe el círculo mediante la vuelta a la psicología humana y el triunfo del amor que se refleja en los “ojillos” de la persona querida: es allí donde está la verdadera superación de “las campanas del olvido”, la fuerza de la voluntad.

Bien, el tiempo, nos enseña Morente con León Felipe, es un invento humano, una construcción social, diríamos desde el punto de vista de la sociología. No es un fruto divino, pues, como leemos en el poema del mismo León Felipe, “el niño se cansa del juguete creado por Dios y se le saca las tripas y el secreto como a un caballito mecánico” para enfrentarse a Dios diciéndole “que ya estamos cansados todos, terriblemente cansados de la noria y del reloj, del hipo violáceo del tirano, de las barbas y las arrugas eternas, de los inmóviles pecados, de este empalagoso juguete del mundo, de este monstruoso, sombrío y estúpido regalo, de esta mecánica fatal, donde lo que ha sido es lo que será y lo que ayer hicimos, lo que mañana hagamos.”

Estamos hartos, pues del tiempo como historia transcurrida y prolongación en el porvenir, ante el tiempo repetitivo, estacional, circular. Es tiempo muerto: es noria, ola, es movimiento mecánico, eterno, eternamente aburrido... Es el tiempo que se mide con lágrimas. Pero, frente a este existe otro: el tiempo desobediente, flexible, productivo, el tiempo creativo. Morente demuestra la validez de esta concepción del tiempo mediante la reaparición de las guitarras de los maestros Montoya, Sabicas y Manolo de Huelva, y su transformación en acompañamiento del cantaor granadino nos debe convencer del tiempo virtual como condición de la realidad creativa, de la confluencia del pasado con el presente. El tiempo sólo tiene sentido en el presente, como dimensión de la creación, en esta ocasión, del encuentro virtual del cantaor con los ecos de la guitarra del pasado: es tiempo convertido en cuerda sonante, tiempo despertado. No obstante, ya se sabía que la creación no se basa en la mera repetición de la tradición, sino en su reinterpretación, en la desobediencia hacia lo mecánico. El punto clave es que el tiempo no es una sustancia pura, abstracta, sino un extracto de lo vivido, un depósito, no mecánico sino vivencial, y el genio artístico consiste en la capacidad de sintetizar las lágrimas y las sonrisas que surgen de la vida concreta, de crear tiempo a la par que dar tiempo a la creación.

¿Qué es lo que Morente nos quiere decir con su concepto del tiempo “pequeño” y “grande”, con la metáfora del reloj como mecanismo de medir la pena y la otra, la del tiempo natural, materializado en las olas y el viento? ¿Y el hombre? Nuestra pregunta clave sería, pues, la siguiente: ¿Es el tiempo el que lleva al mundo o al revés, el mundo el que hace al tiempo?

Del tiempo como ilusión al tiempo creativo

Cualquier respuesta exacta a estas preguntas exige el recurso a las ciencias naturales. Lo sorprendente es que Morente las plantea a su manera y llega a conclusiones que coinciden con los espectaculares resultados de la ciencia contemporánea. Merece la pena disertar unos instantes a partir de las aportaciones desarrolladas por el Premio Nobel de Química, Ilya Prigogine, respecto al nacimiento del tiempo, y las reflexiones que hizo el sociólogo Javier Sáez respecto a su aplicación a las ciencias sociales.

Ha caducado el tiempo como ilusión basado en la física mecánica de Newton y a partir de esta concepción determinista de la naturaleza surgió la idea del tiempo y el reloj como símbolo de su repetición mecánica, como el símbolo de una racionalidad visible, exacta. Pero, las leyes de la naturaleza ya no pueden ser consideradas inmutables, independientes del tiempo, creadas para funcionar eternamente. El tiempo no es reversible, es una flecha hacia el futuro.

Ante ciertas dificultades en la concepción de la física cuántica resumida en la célebre hipótesis sobre la relación de incertidumbre de Heisenberg, la ciencia actual está planteando otro paradigma, el del tiempo creativo, basándose en una serie de observaciones de la ciencia del calor, la termodinámica. El tiempo se explica como resultado de turbulencias, como una “interrupción del reposo” (M. Serres), como diferencia marcada por el cambio, como efecto de procesos irreversibles, de la entropía. El tiempo no es lineal, no es repetitivo, es la dimensión de la propia creación de orden a partir del desorden, de estructuras imprevistas, disipativas. El reloj como marcador del ritmo cósmico es ficción. La metáfora del reloj pequeño y del reloj grande hace hincapié en esta observación de los científicos de que cada sistema tiene su propio tiempo: hay un tiempo físico y otro químico, también hay un tiempo biológico y -en fin- un tiempo humano, histórico, social y cultural. El hombre crea su tiempo histórico, y aunque lo hace en el marco de la naturaleza, del gran reloj, que funciona al azar, le da el sentido del pequeño reloj, el que mide el tiempo con las cuentas amargas de las lágrimas y del llanto. El tiempo humano es el reto, es la determinación consciente de lo indeterminado y lo indeterminable. Es, con otras palabras, el intento de dominar lo existente: el hombre es el tiempo, es el creador, es el sujeto del tiempo creativo que supera el ritmo del pequeño reloj. De este modo, el hombre crea el mundo a partir de la cultura como la “patria chica” en el universo de la naturaleza. Su tiempo es el de la creación de las estructuras de realidad que permiten definir las coordenadas hacia el futuro. El hombre crea su propio futuro y, de esta manera, a sí mismo.

El arte es un elemento imprescindible en esta aventura del tiempo creativo y Morente nos ha señalado una de sus bases más humanas: la incertidumbre que conllevan la pasión y el amor, expresada en los versos: “Yo le temo a tus ojillos, cuando dejan de mirarme”.

El significado del papel de Morente para el flamenco del siglo XXI

El papel de Enrique Morente para el flamenco de este siglo se ha definido sustancialmente en los pasados años mediante el salto cualitativo que se hizo notar con OMEGA y que encontró su continuidad el El Pequeño Reloj. No obstante, llama la atención la vuelta al flamenco más clásico en este último disco. Como si el artista quisiera reasegurarse de su territorio, de su alma propia como cantaor. La ida y vuelta artística es, no cabe duda, el reto de toda creación y nunca se sabe si realmente sucederá. Creo que en esta inseguridad consiste buena parte de la fascinación que emana el flamenco actual: nos lleva a otros mundos sonoros, a paisajes desconocidos, pero con un ritmo básico, marcado por la vida propia.

El arte consiste, como dije al principio, en tocar un fondo común que todos los mortales compartimos. En este sentido, estamos ante la experiencia imprescindible de la cultura como don especial de los humanos y el arte se nos revela como el grano de su aportación al tiempo cósmico en el que inscribe su propia naturaleza tan abierta, tan posible, pero también reprimida y afligida.

La obra de Morente refleja esta experiencia de la totalidad del sentir y saber, del vivir y observar, del dejar ser y hacer, del seguir y romper - en fin, de todo aquello que atribuimos al arte como fenómeno estético. Su reconocimiento y nuestro agradecimiento son la respuesta al intensivo encuentro con las virtudes que Enrique sabe reunir desde hace décadas en su voz y en su gesto, en su visión y en su crítica: sólo por esto puede haber comprensión de su obra: por la duda y los interrogantes que nos plantea, por la extrañeza e incluso el distanciamiento que puede provocar en un primer momento, en fin: comprendemos gracias a la inquietud que su creador transmite y enciende en nosotros. Frente al mal uso de la palabra que convierte en arte todo lo que se supone que tiene gracia, está el perpetuo esfuerzo del artista de construir, de-construir y reconstruir un mundo simbólico. Este esfuerzo de comprender nos da la libertad de interpretar al mundo y a nosotros mismos a través de la experiencia sensual de la obra. La obra de arte es, por todo ello, un medio hacia la libertad como proyecto vital.

Gerhard Steingress/Universidad de Sevilla

Gerhard Steingress, es profesor titular de sociología en la Universidad de Sevilla. Ha sido profesor en la Universidad de Klagenfurt (Austria) entre 1974 y 1989. Tras la tesis acerca de la relación entre reproducción social y política educativa (1980), se habilitó en 1988 con un estudio sobre la influencia del irracionalismo en el pensamiento político moderno. Desde 1990 reside en Sevilla. Numerosas publicaciones dedicadas a la etnosociología, el nacionalismo, la música popular, especialmente el flamenco (premio de investigación, 1991), como fenómeno socio-cultural e ideológico, la etnomusicología, la sociología de la cultura y del arte, así como globalización y postmodernidad.

 

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