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El Pequeño Reloj
Transcurridos siete años desde OMEGA, Morente sorprende
de nuevo. En esta ocasión -y junto con Javier Limón-
recurre al flamenco más clásico, convirtiendo
su obra en un homenaje a los grandes maestros desaparecidos
del cante: Tío José “El Granaíno”,
como de la guitarra: Ramón Montoya, Sabicas y Manolo
de Huelva; así como a otros vivos, como Pepe Habichuela,
Niño Josele, Tomatito; a la percusión de Bandolero
y Piraña, el bajo de Alain Pérez, teclados
de Caramelo, el piano de Javier Limón y la trompeta
de Jerry González. Además, participa, de nuevo,
su hija Estrella, y al baile está Israel Galván.
Es una producción flamenca, flamenco fusión,
por supuesto, es decir, hecho y sentido para el mundo, estrenada
en Granada, en el Palacio de Carlos V, con motivo del Festival
Internacional de Música y Danza en junio del año
pasado, al que le siguió una actuación en
el Cuartel del Conde Duque en Madrid, y después París,
Boston, Nueva York y Washington - los maestros no tienen
límites.
El
Pequeño Reloj incluye 14 piezas musicales. Su tema
monográfico es el reloj, mejor dicho, el tiempo reducido
al tic-tac omnipresente, que gobierna situaciones existenciales
muy dispares y con cierta índole de crítica
social, como demuestra el “Alegato contra las armas”
al son de Beethoven y el homenaje a Lula, el presidente
brasileño.
Aquí nos referimos exclusivamente al tema central
de la producción: al significado y al valor del tiempo.
Morente utiliza la poesía popular, a su manera, es
decir, completándola. También se apoya en
los grandes de la poesía: en este caso en León
Felipe y Gustavo Adolfo Bécquer; y -no lo olvidemos-
en las guitarras de los maestros que le acompañan
gracias a la moderna tecnología y al truco del sampler,
como si de una cita se tratase. El tiempo, pues, es algo
manejable, un invento, un compromiso con el proceso eterno
del aparecer y desaparecer. La filosofía de Morente
se extrae de unas letras de León Felipe, cuyo verdadero
nombre fue Felipe Camino Galicia de la Rosa, nacido en 1884
en Zamora en el seno de una familia acomodada. Huyó
de su ambiente social y su oficio de boticario, para actuar
en una compañía ambulante que le acercó
a la bohemia y con ella a la pobreza. En 1919 leyó
su primer libro de poemas en el Ateneo de Madrid: Versos
y oraciones de caminante. Tras su estancia de unos años
en Guinea, donde ejerció su profesión inicial,
se fue a México, dedicándose a la enseñanza,
sirviendo de esta manera a la España republicana.
Después de recorrer Estados Unidos junto a su esposa,
Berta Gamboa, se exilió en México, donde siguió
con su obra poética y donde murió en 1968.
Las letras del Pequeño reloj se basan en una idea
desarrollada por León Felipe en su poema La tangente
que narra la conversación entre un niño y
el “señor Arcipreste” en torno a la relatividad
del cielo y del tiempo:
“No hay arriba ni abajo...
Y la estrella del hombre es la que ese disparo va buscando,
ese cohete místico o suicida, rebelde, escapado...
De la noria del Tiempo
como el dardo,
como el rayo,
como el salmo.
Dios hizo la bola y el reloj: la noria dando vueltas y vueltas
sin cesar,
y el péndulo contándole las vueltas, monótono
y exacto...”
En la versión de Morente, el tiempo
se divide en dos hemisferios, el tiempo del pequeño
reloj y él del gran reloj:
He aquí otra manera de medir
Y gira el llanto sin cesar,
Como el rosario, como la noria,
Como el mundo, como la espiral
Del mecanismo perfecto y perpetuo de un reloj.
El año, el siglo, el tiempo
El llanto y el tiempo contando los pasos.
Contamos el tiempo con las cuentas amargas de las lágrimas.
El pequeño reloj
Y también contamos el tiempo con el mar.
El mar movido eternamente por el viento
Que el mar también es un reloj.
El gran reloj
Una ola, dos olas, tres olas
Pasan los años y los siglos
Y las horas no cesan
Las olas van y vienen y se rompen
Hay más olas que estrellas
Y que granos de arena
Y contamos el tiempo
Con las olas amargas coronadas de espuma.
Yo no le temo a las olas
Ni a los grandes temporales
Yo le temo a tus ojillos
Cuando dejan de mirarme
Que me toque arrebato
Las campanas del olvido
Venga y apaguen el fuego
Que esta gitana ha encendido
En la era en la que las distancias y el tiempo ya no se
miden ni en concepto del mar y del viento sino en millones
de años luz, en megaparsecs, la insistencia en el
pequeño reloj representa el recurso a lo humano en
el espacio, al tiempo específico de lo humano, aquella
“otra manera de medir” basada en el llanto sin
cesar, el rosario y la noria, en los que se asienta el mundo
convertido en el “mecanismo perfecto y perpetuo de
un reloj”. Morente nos lleva delante del tiempo contado
“con las cuentas amargas de las lágrimas”,
el tiempo humano. Sin duda, las lágrimas que hacen
el pequeño reloj son como un grano de arena: “hay
más olas que estrellas”, aunque frente a él
existe otro tiempo, el de “las olas amargas coronadas
de espuma”. Llegado a este punto de oposición
existencial, Morente rompe el círculo mediante la
vuelta a la psicología humana y el triunfo del amor
que se refleja en los “ojillos” de la persona
querida: es allí donde está la verdadera superación
de “las campanas del olvido”, la fuerza de la
voluntad.
Bien, el tiempo, nos enseña Morente con León
Felipe, es un invento humano, una construcción social,
diríamos desde el punto de vista de la sociología.
No es un fruto divino, pues, como leemos en el poema del
mismo León Felipe, “el niño se cansa
del juguete creado por Dios y se le saca las tripas y el
secreto como a un caballito mecánico” para
enfrentarse a Dios diciéndole “que ya estamos
cansados todos, terriblemente cansados de la noria y del
reloj, del hipo violáceo del tirano, de las barbas
y las arrugas eternas, de los inmóviles pecados,
de este empalagoso juguete del mundo, de este monstruoso,
sombrío y estúpido regalo, de esta mecánica
fatal, donde lo que ha sido es lo que será y lo que
ayer hicimos, lo que mañana hagamos.”
Estamos hartos, pues del tiempo como historia transcurrida
y prolongación en el porvenir, ante el tiempo repetitivo,
estacional, circular. Es tiempo muerto: es noria, ola, es
movimiento mecánico, eterno, eternamente aburrido...
Es el tiempo que se mide con lágrimas. Pero, frente
a este existe otro: el tiempo desobediente, flexible, productivo,
el tiempo creativo. Morente demuestra la validez de esta
concepción del tiempo mediante la reaparición
de las guitarras de los maestros Montoya, Sabicas y Manolo
de Huelva, y su transformación en acompañamiento
del cantaor granadino nos debe convencer del tiempo virtual
como condición de la realidad creativa, de la confluencia
del pasado con el presente. El tiempo sólo tiene
sentido en el presente, como dimensión de la creación,
en esta ocasión, del encuentro virtual del cantaor
con los ecos de la guitarra del pasado: es tiempo convertido
en cuerda sonante, tiempo despertado. No obstante, ya se
sabía que la creación no se basa en la mera
repetición de la tradición, sino en su reinterpretación,
en la desobediencia hacia lo mecánico. El punto clave
es que el tiempo no es una sustancia pura, abstracta, sino
un extracto de lo vivido, un depósito, no mecánico
sino vivencial, y el genio artístico consiste en
la capacidad de sintetizar las lágrimas y las sonrisas
que surgen de la vida concreta, de crear tiempo a la par
que dar tiempo a la creación.

¿Qué es lo que Morente nos quiere decir
con su concepto del tiempo “pequeño”
y “grande”, con la metáfora del reloj
como mecanismo de medir la pena y la otra, la del tiempo
natural, materializado en las olas y el viento? ¿Y
el hombre? Nuestra pregunta clave sería, pues, la
siguiente: ¿Es el tiempo el que lleva al mundo o
al revés, el mundo el que hace al tiempo?
Del tiempo como ilusión al tiempo creativo
Cualquier respuesta exacta a estas preguntas exige el
recurso a las ciencias naturales. Lo sorprendente es que
Morente las plantea a su manera y llega a conclusiones que
coinciden con los espectaculares resultados de la ciencia
contemporánea. Merece la pena disertar unos instantes
a partir de las aportaciones desarrolladas por el Premio
Nobel de Química, Ilya Prigogine, respecto al nacimiento
del tiempo, y las reflexiones que hizo el sociólogo
Javier Sáez respecto a su aplicación a las
ciencias sociales.
Ha caducado el tiempo como ilusión basado en la
física mecánica de Newton y a partir de esta
concepción determinista de la naturaleza surgió
la idea del tiempo y el reloj como símbolo de su
repetición mecánica, como el símbolo
de una racionalidad visible, exacta. Pero, las leyes de
la naturaleza ya no pueden ser consideradas inmutables,
independientes del tiempo, creadas para funcionar eternamente.
El tiempo no es reversible, es una flecha hacia el futuro.
Ante ciertas dificultades en la concepción de la
física cuántica resumida en la célebre
hipótesis sobre la relación de incertidumbre
de Heisenberg, la ciencia actual está planteando
otro paradigma, el del tiempo creativo, basándose
en una serie de observaciones de la ciencia del calor, la
termodinámica. El tiempo se explica como resultado
de turbulencias, como una “interrupción del
reposo” (M. Serres), como diferencia marcada por el
cambio, como efecto de procesos irreversibles, de la entropía.
El tiempo no es lineal, no es repetitivo, es la dimensión
de la propia creación de orden a partir del desorden,
de estructuras imprevistas, disipativas. El reloj como marcador
del ritmo cósmico es ficción. La metáfora
del reloj pequeño y del reloj grande hace hincapié
en esta observación de los científicos de
que cada sistema tiene su propio tiempo: hay un tiempo físico
y otro químico, también hay un tiempo biológico
y -en fin- un tiempo humano, histórico, social y
cultural. El hombre crea su tiempo histórico, y aunque
lo hace en el marco de la naturaleza, del gran reloj, que
funciona al azar, le da el sentido del pequeño reloj,
el que mide el tiempo con las cuentas amargas de las lágrimas
y del llanto. El tiempo humano es el reto, es la determinación
consciente de lo indeterminado y lo indeterminable. Es,
con otras palabras, el intento de dominar lo existente:
el hombre es el tiempo, es el creador, es el sujeto del
tiempo creativo que supera el ritmo del pequeño reloj.
De este modo, el hombre crea el mundo a partir de la cultura
como la “patria chica” en el universo de la
naturaleza. Su tiempo es el de la creación de las
estructuras de realidad que permiten definir las coordenadas
hacia el futuro. El hombre crea su propio futuro y, de esta
manera, a sí mismo.
El arte es un elemento imprescindible en esta aventura
del tiempo creativo y Morente nos ha señalado una
de sus bases más humanas: la incertidumbre que conllevan
la pasión y el amor, expresada en los versos: “Yo
le temo a tus ojillos, cuando dejan de mirarme”.

El significado del papel de Morente para el flamenco
del siglo XXI
El papel de Enrique Morente para el flamenco de este siglo
se ha definido sustancialmente en los pasados años
mediante el salto cualitativo que se hizo notar con OMEGA
y que encontró su continuidad el El Pequeño
Reloj. No obstante, llama la atención la vuelta al
flamenco más clásico en este último
disco. Como si el artista quisiera reasegurarse de su territorio,
de su alma propia como cantaor. La ida y vuelta artística
es, no cabe duda, el reto de toda creación y nunca
se sabe si realmente sucederá. Creo que en esta inseguridad
consiste buena parte de la fascinación que emana
el flamenco actual: nos lleva a otros mundos sonoros, a
paisajes desconocidos, pero con un ritmo básico,
marcado por la vida propia.
El arte consiste, como dije al principio, en tocar un
fondo común que todos los mortales compartimos. En
este sentido, estamos ante la experiencia imprescindible
de la cultura como don especial de los humanos y el arte
se nos revela como el grano de su aportación al tiempo
cósmico en el que inscribe su propia naturaleza tan
abierta, tan posible, pero también reprimida y afligida.
La obra de Morente refleja esta experiencia de la totalidad
del sentir y saber, del vivir y observar, del dejar ser
y hacer, del seguir y romper - en fin, de todo aquello que
atribuimos al arte como fenómeno estético.
Su reconocimiento y nuestro agradecimiento son la respuesta
al intensivo encuentro con las virtudes que Enrique sabe
reunir desde hace décadas en su voz y en su gesto,
en su visión y en su crítica: sólo
por esto puede haber comprensión de su obra: por
la duda y los interrogantes que nos plantea, por la extrañeza
e incluso el distanciamiento que puede provocar en un primer
momento, en fin: comprendemos gracias a la inquietud que
su creador transmite y enciende en nosotros. Frente al mal
uso de la palabra que convierte en arte todo lo que se supone
que tiene gracia, está el perpetuo esfuerzo del artista
de construir, de-construir y reconstruir un mundo simbólico.
Este esfuerzo de comprender nos da la libertad de interpretar
al mundo y a nosotros mismos a través de la experiencia
sensual de la obra. La obra de arte es, por todo
ello, un medio hacia la libertad como proyecto vital.
Gerhard Steingress/Universidad de
Sevilla
Gerhard
Steingress, es profesor titular de sociología en
la Universidad de Sevilla. Ha sido profesor en la Universidad
de Klagenfurt (Austria) entre 1974 y 1989. Tras la tesis
acerca de la relación entre reproducción social
y política educativa (1980), se habilitó en
1988 con un estudio sobre la influencia del irracionalismo
en el pensamiento político moderno. Desde 1990 reside
en Sevilla. Numerosas publicaciones dedicadas a la etnosociología,
el nacionalismo, la música popular, especialmente
el flamenco (premio de investigación, 1991), como
fenómeno socio-cultural e ideológico, la etnomusicología,
la sociología de la cultura y del arte, así
como globalización y postmodernidad.
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