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9 de febrero de 2010
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Especial Enrique Morente

De OMEGA a EL PEQUEÑO RELOJ

 

 

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OMEGA

OMEGA es el título de un CD que incluye 13 composiciones. Tiene una duración total de unos 68 minutos, aunque sólo la primera, la que le da el nombre, es de casi 11 minutos, por lo cual habría que considerarla como una composición que supera el marco de las piezas normales. Podríamos comprenderla como una suite, debido al hecho de que se compone de varios fragmentos integrados en un tema general basado en un compás variado.

OMEGA es una obra muy singular; una obra “final”, como hace suponer su título; una obra sobre el fin absoluto, la última consecuencia existencial del ser humano. El encuentro definitivo entre Morente y Lorca, entre un granadino vivo y otro muerto, entre la vida y la muerte; en fin, entre el flamenco del siglo XXI y la visión del autor del “Romancero Gitano”, que coinciden en sus viajes a Nueva York, el lugar surreal de los insectos, la muerte lenta y la esperanza proyectada en la Luna. Es probablemente la obra más atrevida y arriesgada de Morente, la más difícil, la más incomprensible, pero también la más revolucionaria, transgresora. De cualquier modo: se trata de una obra sorprendente, basada en la fusión del flamenco con el rock duro del grupo Lagartija Nick. Se trata de una visión de Enrique Morente sobre “Poeta en Nueva York” de Federico García Lorca mediante fragmentos de algunos de las 45 poemas surrealistas que Lorca escribió con motivo de su estancia en aquella ciudad y sus alrededores en los años 1929 y 1930.

Eclecticismo y fusión

La idea de OMEGA nació, según parece, en 1993, en Nueva York, cuando Morente se encontraba con el poeta canadiense Leonard Cohen, autor de la famosa canción “Suzanne”. Morente le presentó el proyecto y Cohen -se dice- quedó fascinado... De este modo se “construyó” OMEGA a partir de fragmentos de poemas de Lorca del mencionado ciclo, completados con coplas populares, y algunas versiones de Lorca interpretadas con anterioridad por Leonard Cohen, como por ejemplo el “Pequeño Vals Vienés”, o letras de éste, como “Manhattan” y “Sacerdotes”. La música es el resultado de una mezcla de elementos extraídos de diversos samplers de los grandes del flamenco como Antonio Chacón, Manuel Torres, Manuel Vallejo, Manolo Caracol y Pastora Pavón. Por otro lado, están las guitarras flamencas de Tomatito, Vicente Amigo, Cañizares, Montoyita, Miguel Ángel Cortés, El Paquete y Juan Antonio Salazar, las voces de Aurora Carbonell y Estrella Morente que entonces dio las primeras muestras de su cante, los coros y palmas de El Negri y Antonio Carbonell, las percusiones de Tino de Geraldo y el cajón de El Bandolero. Todo esto amalgamado por la fuerte música rockera de Lagartija Nick.


Uso metafórico y alegórico de la poesía lorquiana

Independientemente del significado de las doce composiciones que acompañan a OMEGA -la composición principal, de casi 11 minutos-, las consideramos secundarias en relación con la complejidad y profundidad de la pieza que inicia el disco. Su vinculación con el tema emblemático se estrecha, no cabe duda, a través del carácter oscuro y personal de las letras de Lorca y Cohen.

Lo composición OMEGA, a la que nos referimos, es una mezcla de versos de dos poemas de Lorca incluidos en su ciclo “El poeta en Nueva York” (1929-1930), a las que Morente añadió unas letrillas flamencas para darla una sello nuevo, creativo. El primer fragmento poético de Lorca procede del poema “Luna y panorma de los insectos”, el segundo de “Omega”. El primero lleva como subtítulo “Poema de amor”, el segundo “Poema para muertos”.

Se trata de versos muy “jondos”, que reflejan el dolor de personajes con una psicología muy compleja, de corte poco “tradicional”, un dolor surgido de la peculiar visión lorquiana del carácter de vida en Nueva York, símbolo de las grandes urbes, de las máquinas de convivencia, construidas por las infraesructuras urbanísticas, por una sociología de la aglomeración. La OMEGA de Morente parte de la misma sensibilidad e insiste en el carácter urbano del dolor, expresado mediante el flamenco, es decir, añade la peculiar idiosincrasia flamenca alejada de su entrono tradicional, y por esta razón no parece exagerado considerarla como apoteosis del flamenco postmoderno.

Es muy difícil interpretar la versión de los poemas de Lorca y Cohen que nos ofrece Morente. Al surrealismo de Lorca se añade el peculiar significado personal del cantaor que utiliza la técnica de fusión para añadirle una nueva dimensión simbólica. En líneas generales, me atrevo decir, se trata de expresar los sentimientos y las observaciones que Lorca, el “Poeta en Nueva York”, fraguó en sus poemas. Si Morente eligió el título de OMEGA para su obra musical, tiene que ver algo con el subtítulo que le dio Lorca: “Poema para muertos”. No se trata, pues, de un poema para los muertos, una necrología dedicada a los desaparecidos, sino más bien a gentes muertas, apagadas, destrozadas, desesperadas, simbolizadas en la metáfora repetidamente utilizada de los insectos como protagonistas del otro poema de Lorca. Se dice que Lorca quedó fascinado por Nueva York y el estilo de vida que observó durante su estancia. Pero, también se dice, que esta fascinación tuvo mucho que ver con la consternación y el espanto que le produjo. Los muertos vivientes de la metrópolis del dólar, el escenario de la alienación absoluta: “No solloces. Silencio, que no nos sientan”, dice el poeta granadino en OMEGA, para añadir su desilusión ante la realidad: “Se cayeron las estatuas al abrirse la gran puerta”. La realidad no perdona y las ilusiones sólo producen ambigüedad: “Tengo un guante de mercurio y otro de seda”.

Las metáforas poéticas

Es de suma importancia que se establezca una diferenciación entre el productor de la imagen -el poeta y el poeta cantaor- y el receptor de la misma, el público, nosotros. No se trata de averiguar lo que “quería decir” el autor, en este caso Morente, sino lo que ha dicho y qué es lo que entendemos con sus palabras. Esta forma de acercamiento a los aspectos latentes de la cultura requiere el uso de la hermenéutica profunda, es decir, de la teoría psicoanalítica de los sistemas simbólicos culturales para poder descifrar el significado escondido de las producciones culturales, textos y obras de arte, para revelar su contenido “verdadero” a través de la traducción de lo simbólico al lenguaje racional. Sin duda, no es aquí el momento y el lugar adecuado para extendernos en este aspecto, pero sí parece necesario insistir en la necesidad de una “doble lectura” de la construcción poética que representa OMEGA, para descubrir “lo jondo” en ella, es decir, aquello que remite a la realidad “realmente” sentido.

Las palabras no revelan esta dimensión de la experiencia humana de manera inmediata, sino que encubren una segunda realidad, la verdadera, la poética, la que sólo es asequible mediante el esfuerzo intelectual y emocional del receptor. El lenguaje metafórico de Lorca, en la versión hipermetafórica empleada por Morente, ese “hablar con imágenes”, no solamente sustituye el contenido semántico de una palabra, bien comprensible en el lenguaje común, por otra, simbólica, sino que OMEGA en sí es una metáfora, mejor dicho, una alegoría, pues va más allá del juego simbólico con palabras sueltas: se basa en un una imagen total, sintetizada en la “gran O”, en la “o-mega” de los griegos, la última letra del alfabeto, de la vida. OMEGA es una metáfora absoluta que nos instruye, deleita y conmueve.

No obstante, Morente no sólo recrea los dos poemas de Lorca mediante un eclecticismo, sino que impone, además, la metafórica de la poesía flamenca a la poesía surrealista de Lorca. Más aun, mezcla las metáforas de los dos poemas de Lorca, lo cual complica la comprensión de su versión de OMEGA.

Vamos a ver, como lo hace:
Primero, coge la primera estrofa de “Luna y Panorama de los Insectos”, un “poema de amor”, e invierte la condición lógica del argumento:

1.) Versión original de Lorca:
“Mi corazón tendría la forma de un zapato
si cada aldea tuviera una sirena. (= explanandum)
Pero la noche es interminable cuando se apoya en los enfermos
y barcos que buscan ser mirados para poder hundirse tranquilos.” (= explanans)

2.) Versión de Morente:
“Como la noche es interminable
cuando se apoya en los enfermos (= explanans)
si cada aldea tuviera una sirena
mi corazón tendría
la forma de un zapato.” = explanandum)


Lorca ofrece el corazón, de “forma de zapato”, para intervenir, pero la noche de los enfermos y barcos que quieren hundirse es una condición adversa: el amor fracasa. Morente parte de este obstáculo y condiciona la acción del corazón de la “sirena” como símbolo de alerta y socorro, aunque tampoco parece haber solución: no hay sirena que llame la atención. Para Lorca, el quejido de la “noche interminable” es sin esperanza, un hecho que Morente transmite y traduce mediante el lenguaje del flamenco en “aquellos golpes, aquellos por Dios” que sobran y que sólo “arrancan de fatiga las alas a mi corazón”. Las quejas no sirven, parece decir, solo debilitan nuestros corazones.

La segunda parte de OMEGA se basa en los versos de “Omega”, subtitulado por Lorca como “poema para muertos”. Morente lo introduce íntegramente y con algunas adaptaciones debidos a la métrica musical:

“Las hierbas.
Yo me cortaré la mano derecha.
Espera.
Las hierbas.
Tengo un guante de mercurio y otro de seda.
Espera.
¡Las hierbas!
No solloces. Silencio, que no nos sientan.
Espera.
¡Las hierbas!
Se cayeron las estatuas
al abrirse la gran puerta.
¡¡Las hierbaaas!!

Ahora, estamos ante una introducción, cogida de aquel “poema de amor” de Lorca, que habla de la voluntad de dar forma de zapato al corazón “si cada aldea tuviera una sirena”, pero el amor fracasa, pues la noche es interminable, llena de muertes. Y después, la parte sustancial del poema, que consiste en el “poema para muertos” y que nos enfrenta a una alegoría basada en la acción de cortar las hierbas con la mano derecha que dispone de dos tipos de guante: uno de mercurio y otro de seda, una mano dura, venenosa y otra blanda, suave. Los muertos no sollozan; hay silencio, pero también hay inquietud: “Espera”. Un silencio, no obstante, que se apodera de nosotros una vez que “se cayeron las estatuas al abrirse la gran puerta” que es la muerte, la hierba, que nos espera a todos.

La metáfora de la hierba como sinónimo de la muerte, como disolución absoluta del sentido -es decir, de la esperanza-, como desilusión, aunque llena de dolor y entrega, reduce el amor a un acto inútil que es cortar las hierbas que crecen en las tumbas. No hay sirenas en las aldeas, no hace falta dar forma de zapato al corazón. Hay hierbas en las tumbas, pero también hay flores, flores amarillas y de todos colores, como reza la copla con la que Morente nos da una pista, rompiendo con la visión pesimista de Lorca: el amor es algo de los vivos y para los vivos.

La música como dimensión de la metáfora

La primera parte, formada por la estrofa procedente de “Luna y panorama de los insectos”, es recitada acompañada por el compás monótono, oscuro y trágico de una saeta y con un discreto fondo musical electrónico que subraya el carácter surrealista de la descripción poética. La saeta electrónica (con su ritmo de 1-2-3 1/2) nos acerca a la muerte surrealista, a aquella “noche interminable” que nos espera “cuando se apoya en los enfermos”o cuando “barcos buscan ser miraos para poder hundirse tranquilos”, es decir, cuando nos vemos obligados a acompañar la decadencia (la enfermedad y el narcisismo de aquellos que quieren ser “mirados”), cuando estamos ante el OMEGA.

No obstante, con el fin de la primera parte (2'28) se produce un significativo cambio rítmico (1/2 1-2-3) dentro del mismo panorama musical que señala una manifestación de resistencia o alternativa, aunque frustrada, pues no hay ninguna sirena que reclame a alguien dispuesto a dar forma de zapato a su corazón para llegar a los enfermos y los barcos que se hunden. Lo que espera es la hierba, son las hierbas, fieles acompañantes de las tumbas. En este momento (4'13) entran -al compás de bulerías, algo lentas, y sin que desaparezca el son electrónico de la saeta anterior- las baterías y las guitarras flamencas. A continuación, el acompañamiento musical cambia hacia un martinete (“Aqueos golpes, aqueos por Dios...”): ritmo binario, a palo seco, letras flamencas, con un fondo de voces y sonidos electrónicos (6'43). Mediante el último verso del martinete (“como doblaron las campanas”) se inicia una secuencia de caos de sonidos que desemboca (7'20) en la entrada de las guitarras eléctricas y las baterías de Lagartija Nick, cuyo rock psicodélico, marcado por el stakato del tambor y flanqueado por las palmas flamencas, acentúa el carácter surrealista de las letras. Es el momento (8'0) cuando Morente alude -dejando atrás el panorama musical del martinete disuelto, ahogado en la cacofonía electrónica- al compás más alegre de tangos o tientos y, por segunda vez en esta composición, a la metáfora de las hierbas para transformarlas inmediatamente en las “flores amarillas” y de “todos los colores”, incluidas en las letras flamencas. El rock psicodélico continúa hasta el final, alternándose varias veces las letrillas flamencas de las flores con aquella parte del poema que dice “Sollozos de silencio, silencio que no lo sientan. Se cayeron las estatuas al abrirse la gran puerta”.

La fusión del flamenco, siempre dominante en OMEGA, con el rock duro de Lagartija Nick consiste en una serie de superposiciones, repeticiones, contrastes y permutaciones de voces a partir de estilos musicales diferentes, lo cual le da a la composición cierto carácter de fuga, de un caos musicalmente expresado y ordenado. De este modo, pensamos que la música relaciona el estado de ánimo que resuena en la poesía de Lorca cuando se vio expuesto al american way of life en el año del derrumbamiento de la bolsa y sus consecuencias sociales. El choque cultural que sufrió como persona sensible, criada en el ambiente relajado de una casa de campo granadina, su profunda y negativa impresión por la civilización del dólar, la suerte de tantas personas sometidas al ritmo de un maquinismo deshumanizado - todo esto se refleja en el grito del cantaor, en la fría contundencia de los instrumentos, en los trémolos prolongados y desgarrados de las guitarras eléctricas que suenan a las sirenas de la aldea global, reclamando salvación en la noche interminable, o en el despiadado martilleo de los tambores, en el caos de voces desesperadas y sonidos trash, que marcan la cercanía de la apocalipsis existencial del hombre alienado, solitario, desprovisto de amor y, por consiguiente, muerto.

Ahora, lo que entendemos es que Morente utilizó los fragmentos de la oscura poesía lorquiana, que refleja la desesperación del autor del “Romancero gitano” ante el impacto emocional, ambiguo, terrorífico que le causaron la gran ciudad, Nueva York, y su gente inmortalizada en la metáfora de los insectos que poblaron el panorama nocturno bajo la luz esperanzadora de la Luna. Pero, Morente vio Nueva York de otra manera: en compañía de Leonard Cohen y como un Lorca más reciente. Sobre todo, parece haber visto algo similar a partir de su sensibilidad como artista flamenco. Por esta razón insiste en las flores de tantos colores como símbolos de la vida y del amor. No hay razón para lamentar la muerte y la suerte de los hombres convertidos en insectos; toda la razón está en una vida digna y feliz, una vida vivida con flores, de to’os colores.

 

En fin: consideramos a OMEGA una obra transgresora, vanguardista del flamenco actual y -a pesar de que se presentó hace ocho años- es la obra más significativa de la carrera artística de Enrique Morente hasta el momento.

Continua >> El Pequeño reloj
 

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