Gerhard
Steingress, es profesor titular de sociología en
la Universidad de Sevilla. Ha sido profesor en la Universidad
de Klagenfurt (Austria) entre 1974 y 1989. Tras la tesis
acerca de la relación entre reproducción social
y política educativa (1980), se habilitó en
1988 con un estudio sobre la influencia del irracionalismo
en el pensamiento político moderno. Desde 1990 reside
en Sevilla. Numerosas publicaciones dedicadas a la etnosociología,
el nacionalismo, la música popular, especialmente
el flamenco (premio de investigación, 1991), como
fenómeno socio-cultural e ideológico, la etnomusicología,
la sociología de la cultura y del arte, así
como globalización y postmodernidad.
1. El artista
y su obra
Con motivo de la entrega del Premio Pastora Pavón
“Niña de los Peines” a Enrique Morente,
dije que quizás lo más noble de homenajear
a un artista sea hablar de su obra, porque esa es la única
razón que le distingue del resto de los mortales.
Es la obra la que da la inmortalidad a su creador, aunque
no le proteja necesariamente del olvido. Esto quiere decir,
que el artista no es tan importante para la sociedad como
lo es su obra, claro, una vez creada, comprendida y aceptada.
La vida del artista no es más que el preludio y el
contexto de la creación, y aunque es verdad que la
obra no se puede comprender por completo sin tener en cuenta
la existencia de su creador, no es lo más significativo,
sino la relación que guarda la obra con su tiempo
y su entorno. La obra vive gracias a los brazos abiertos,
los ojos resplandecientes y los oídos atentos de
los otros, en los que el artista encuentra -si tiene esta
suerte- la justificación de su esfuerzo, su gloria
bendita. Dicho de otra manera: el artista desaparece, dejando
sólo su nombre debajo de su obra; pero es esta la
que le da -en su caso y en su momento- la inmortalidad a
la que todos aspiramos. La inconfundible virtud del artista
consiste, pues, más allá del ser recordado
por su obra, en desaparecer tras ella.
Pero, el arte es más que la obra separada de su creador.
Como nos enseñó Arnold Hauser, el gran teórico
del arte, el verdadero fenómeno estético consiste
en la experiencia de la totalidad del carácter
integral de la vida por parte del hombre, en aquél
proceso dinámico que une al sujeto creador
o receptor con el mundo real, con la vida vivida. Habría
que preguntarse, pues, en qué sentido Morente ha
sido capaz de cumplir con este requisito en las dos obras
que pretendemos analizar, es decir, comprender. ¿Podemos
suponer que con OMEGA y EL PEQUEÑO RELOJ se
ha creado el fenómeno estético, a
saber: se ha producido esta experiencia integral,
esta vivencia inducida y representada a
través de su obra? Repito: es esta la condición
básica, despiadada e incluso cruel, a la que tiene
que exponerse el artista para conseguir la inmortalidad
a través de su obra.
A pesar de su origen tosco y
nada refinado, el Flamenco se ha convertido en arte.
A pesar de su origen tosco y nada refinado, el Flamenco
se ha convertido en arte. Hoy podemos decir que no se trata
simplemente de una presunción narcisista de algunos
que por a su ignorancia de lo demás creen que “lo
suyo” es lo más grande del mundo. El Flamenco
se ha convertido en un género artístico con
sus innegables bordes de manifestaciones estéticas
más bien flojas, torpes, decadentes y oportunistas.
Pero, el Flamenco ha demostrado, una vez más, que
el arte es un don de los humanos en general y no propiedad
de las clases acomodadas y élites sociales. El arte
está donde la comprensión de los hombres y
mujeres crea un clima de acceso a su mensaje. En el lenguaje
del Flamenco, este hecho se ha señalado con la mágica
palabra de “duende”. A pesar del misticismo
que rodea este término, se trata de un fenómeno
muy sencillo, que encontramos en muchas esferas de la realidad:
el “duende” se refiere a la atracción
que genera una cosa o una persona, a la fascinación
que produce en su entorno, a la entrega voluntaria, al estado
extático - en fin, a un fenómeno psicológico
llamado catarsis. Para comprenderlo, no obstante, hay que
avanzar mucho más. Respecto a la música y
el arte en general, podríamos decir que consiste
en tocar un fondo común de lo inconsciente, que todos
los mortales compartimos, en penetrar con un rayo de luz
en las habitaciones oscuras de nuestra personalidad, en
despertar las conciencias, los sentimientos y los impulsos,
cuya represión, dijo Sigmund Freud en su momento,
es la condición imprescindible de la cultura como
don especial de los humanos, como su “segunda naturaleza”.
Las manifestaciones culturales más exigentes son
justamente aquellas que nos recuerdan nuestra propia naturaleza
reprimida, el paraíso perdido. El artista -tanto
mediante su capacidad de deleitarnos como de hacernos llorar-
toca una parte de este fondo oscuro, prohibido, apartado,
pero presente y necesario, nos recuerda algo perdido colectivamente.¿Qué
quiere recordarnos Enrique Morente?
Morente y el flamenco como manifestación
de la inquietud artística y social
La trayectoria artística de Enrique Morente empezó,
según se dice, a muy temprana edad: a los seis años,
cuando cantaba en el grupo de seises de la Catedral de Granada.
De las coplas religiosas al cante no había mucha
distancia, especialmente en Granada y gracias a Aurelio
de Cádiz. Se cantaba mucho y de todo; todavía
se estaba lejos de la posterior renovación del Flamenco
por parte de Mairena y otros. A Morente, a los dieciocho
años, le atrajo la capital, Madrid. Como podría
ser de otra manera. Y allí se hizo cantaor, conocido
como “Enrique el Granaíno”. Solía
buscar la cercanía de Pepe el de la Matrona y se
ganó, poco a poco, algo de fama con sus actuaciones
en la Peña Flamenca Charlot y luego en la Casa de
Málaga, o acompañando al baile de Gloria y
Camborio en numerosas salas de fiesta. El cambio le llegó
al ser sustraído de este ambiente convencional, para
actuar en el Pabellón de España en la Feria
Mundial de Nueva York y en la Embajada de su país;
esto ocurrió en 1964. Y en este mismo año
fue aceptado por Antonio Mairena en Córdoba. Había
conseguido mucho ya, por lo menos un buen comienzo. Poco
después ya actuaría en Europa, en la India
y Japón.
No obstante, esto sólo fue el preludio de su carrera.
En 1967 ganó su primer premio y empezó a grabar
discos: El primero, “Cante flamenco”, y un año
más tarde el segundo, “Cantes
antiguos del flamenco”, con la guitarra de Félix
de Utrera y Niño Ricardo. A pesar del carácter
tradicional de los temas, ya rozó los límites
de lo entonces aceptado debido a la impronta personal, con
la que se expresó dentro del clasicismo imperante,
y a su repertorio poco convencional. La fisura vino en 1971
con su célebre y espectacular álbum “Homenaje
flamenco a Miguel Hernández”, seguido por
“Morente en vivo”; este último un disco
pirata editado en Holanda. Algo distinto apareció
en el pequeño mundo del flamenco de entonces. Ya
antes, en 1970, había abierto paso al flamenco en
el Ateneo de Madrid, acompañado por Manolo Sanlúcar,
y al año siguiente le veíamos en una gira
por México. La Cátedra de Flamencología
le otorgó el Premio Nacional en 1972, y a continuación
repitió sus giras por Europa y Estados Unidos.

Lo que llama la atención en sus primeras producciones
es el cuidado que dedica a las letras de sus cantes. Esta
sea probablemente el primer paso de su futura trayectoria
como innovador en el flamenco. Las poesías de Miguel
Hernández, por ejemplo, se hicieron inmortales en
su tan impresionante “Nana de la cebolla” o
en “El niño yuntero”. La posición,
que con estos versos tomaba frente al régimen franquista,
pronto le convirtieron en un cantaor preferido por la oposición
izquierdista en el país y en uno de los primeros
innovadores.
Su dedicación a la poesía española
convertida en música le acercó, a continuación,
a otros autores como Antonio Machado, Lorca o San Juan de
la Cruz, recopilados en
“Se hace camino al andar”, un mensaje esperanzador,
dirigido a la nueva España en 1975. A continuación,
Morente lanzó la muy significativa obra titulada
“Despegando”
y lo veíamos cantando con Camarón en el Frontón
de Madrid.
Después vendría otra trayectoria, marcada
por su primer mensaje a los “grandes” del flamenco:
con el “Homenaje
a Don Antonio Chacón” obtuvo, en 1978,
el Premio Nacional de Música Popular. A principios
de la década de los 80 aparecieron “Sacromonte”
(1982) y “Cruz y Luna” (1983), y algo más
tarde, “Esencias”
(1988).
Y Morente empezó a ampliar su campo de acción
artística, dedicándose a la integración
del flamenco en el mundo del espectáculo y la danza,
como por ejemplo en el caso de “Andalucía Hoy”
o el ballet “Obsesión”, estrenado por
el Ballet Nacional de Canadá. Su dedicación
a la música griega y bizantina quedó reflejada
en “El mito de Edipo Rey”. Junto con Antonio
Robledo estrenó, en 1986, en el Teatro Real de Madrid,
su “Fantasía del cante jondo para voz flamenca
y orquesta”, coincidiendo las guitarras de Juan Habichuela
y Gerardo Núñez con la Orquesta Sinfónica
de Madrid. Después, en 1987, daría un paso
importante al participar en el Festival de Jazz de Madrid.
Las andaduras innovadoras no cesaron y el mundo del flamenco
se sorprendió -con motivo del Festival de Granada
de 1988- ante “El loco romántico”, obra
inspirada en el “Quijote”. Para no olvidar la
“Misa
Flamenca” con textos de San Juan de la Cruz, Fray
Luis de León, Lope de Vega y Juan de Encina. Las
poesías de Lorca le sirvieron para grabar “En
la Casa”.
La última década del siglo pasado se inició
con su homenaje a Sabicas, y en la Bienal de Sevilla de
1990 presentó “Allegro
Soleá”. Aparte de sus propias composiciones
escribió la música a “Los Arrecogías
de Beaterio de Santa María Egipciaca”de Martín
Recuerda, al igual que para la película “La
Sabina” de José Luis Borau. En 1993 cambió
de Ariola a su propio sello discográfico, “Discos
Pobreticos” (o "Discos Probeticos", denominación
derivada del andaluz probe por “pobre”, según
dicen). Y en 1994 se le concedió, hecho único
hasta entonces, el Premio Nacional de Música.
Hemos llegado, así, al año 1996. Es el año
que dio luz a OMEGA,
con el que se inició la fase más reciente
de la obra de Morente, la decisiva, aunque probablemente
no la última.
¿En qué sentido podemos decir “decisiva”?
Pues, se podría argumentar que si excluimos los primeros
años en Granada y Madrid, el “Homenaje a Miguel
Hernández” fue su giro como innovador en el
flamenco. No obstante, sólo se trató del inicio
de un proceso que iba en aumento, consolidándose
el carácter musical singular del cantaor granadino.
Primero las letras; después la música. Lo
tradicional del flamenco nunca ha desaparecido en Morente,
pero tampoco ha sido repetido, sino sintetizado mediante
su maestría musical. De este modo, nos ha llevado
a un flamenco diferente, nuevo, e incluso cabe la pregunta
si no deberíamos hablar de un nuevo estilo musical
creado a partir del flamenco, dándole una nueva dimensión
estética a partir de una fusión más
allá de lo meramente mecánico: es decir, un
flamenco que se ha independizado de sus orígenes
musicales y culturales (tal como ocurrió, ¿no
es así?, en el caso de Silverio), para convertirse
en un género musical parecido al blues, jazz o al
rock, cuyas procedencias en la música popular de
sus regiones correspondientes son, hoy día, más
bien datos históricos.
Morente pertenece a aquella generación
de cantaores y cantaoras que ha oído nacer el “nuevo
flamenco”. Más aún, él ha sido
uno de sus más relevantes y serios impulsores.
Resumiendo: la trayectoria de la obra artística
de Morente refleja muy bien los diferentes pasos de innovación
en el flamenco contemporáneo y se puede resumir en
cinco temas:
a) la interpretación flamenca de la poesía
española (San Juan de La Cruz, Antonio y Manuel Machado,
Miguel Hernández, Federico García Lorca, León
Felipe);
b) los homenajes a flamencos (Sabicas, Montoya, Manolo de
Huelva; Chacón);
c) la integración del flamenco en la música
sinfónica y litúrgica;
d) la interpretación flamenca al teatro clásico
y la danza (ballet);
d) la fusión del flamenco con el jazz y el rock.
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