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X FESTIVAL DE JEREZ
9 de marzo de 2006
Texto y fotos: Estela Zatania
COMPAÑÍA
DE DANZA ESPAÑOLA DE AÍDA GÓMEZ “Carmen”
Teatro Villamarta, 2100h
Carmen: Aída Gómez. Don José: José
Huertas. Escamillo: Primitivo Daza. Manuelita: Montse Vindel.
Zúñiga: Fermín Calvo de Mora. Lillias
Pastia: Eduardo Carranza. Cuerpo de baile: Rocío
Muñoz, Sara Martín, Rocío Osuna, María
Jiménez, Yolanda Barrero, Yolando Murillo, Sara Nieto,
María Alonso, Bárbara Moreno, Maximiliano
Rebman, Juan Carlos Sánchez, Francisco Morgado, David
Martin, Carlos Rodríguez, Emilio serrano. Dirección
musical: José Antonio Rodríguez, Georges Bizet.
“Para todos los gustos” dice la organización
del festival, y la tarde y noche de jueves, día 9
de marzo, fue prueba de ello. Después del recital
acústico de cante clásico compartido por el
onubense Antonio “Pitingo” y la jerezana Macarena
Moneo, con las guitarras de Juan Carmona “Camborio”
(Ketama) y Manuel Moneo “Barullito” respectivamente,
el Villamarta presentó la obra teatral de danza española
de Aída Gómez. Otra versión de “Carmen”,
en danza, que dio la oportunidad de saborear teatro profesional
y de calidad. Coreografías sugestivas para el numeroso
grupo de pulidos profesionales, vestuario excelente, música
acertada pero enlatada de José Antonio Rodríguez,
una historia expuesta con coherencia, un sentido del humor
(un bailarín gordo con barbas, disfrazado de bailarina
vulgar provoca las risas del público con su baile
del vientre), la escena de la pelea, medio bailada medio
interpretada que es merecedor del aplauso efusivo del público…todo
esto, y sin José Valencia.
ISRAEL GALVÁN, “Tábula
rasa”
Sala la Compañía, 2400h
Baile: Israel Galván. Cante: Inés Bacán.
Piano: Diego Amador.
La frontera entre lo auténticamente genial
y el engreimiento intelectual nunca es fácil de definir.
Esta es la zona nebulosa y salpicada de escollos que habita
Israel Galván. Nos consta que su inquietud y creatividad
son auténticas y abundantes, pero no siempre está
claro si su mensaje llega a transmitirse.
La
premisa de “Tábula rasa” es sencilla:
un recital de piano, un recital de cante a palo seco, un
bailaor que pretende bailar, sin acompañamiento alguno,
al recuerdo auditivo dejado por los dos primeros. Algún
listillo dijo, “si alguien paga por ello, tiene que
ser arte”, y anoche muchas personas pagaron mucho
dinero para compartir aquella zona nebulosa de la frontera
con Israel Galván donde la empresa no responde y
cada espectador debe asumir el riesgo. El largo recital
de Diego Amador al piano tenía al público
mirando los laterales del escenario por si se asomara el
bailaor, y otro recital dentro del recital, el de Inés
Bacán, sin acompañamiento excepto el de su
propia mano sobre una mesa, encontró a más
de uno estudiando el minutero de su reloj. Fue una hora
muy dura para aquellos que habían venido a ver a
Israel. Pero claro, es el protagonista y cerebro del espectáculo,
entonces estamos viéndolo desde el primer instante.
Cuando por fin aparece materialmente, estamos hambrientos
de estímulo sensorial y hacemos un gran esfuerzo
para quedar con el recuerdo del piano y la voz, porque sabemos
que no habrá más acompañamiento para
el baile: sólo el suelo, una caja de resina para
los pies, unos 100 metros cúbicos de aire y la mente
de Israel Galván para llenarlos en los 45 minutos
restantes. Empiezan a fluir esos movimientos galvánicos…los
perfiles con la espina arqueada, codos atrás, los
dedos que hacen de abanico y de castañuelas silenciosos,
la pierna suspendida, los andares traviesos… Hay elementos
nuevos. Hace extraños ruidos con la boca y toca una
carretilla de castañuela con uñas sobre dientes.
El silencio llega a ser un elemento que se trabaja, todo
sonido queda aumentado y ampliado.
La otra noche Andrés Marín, otro que viaja
por el espacio interior de la mente, nos obligó a
fijar nuestros límites y demostró que habiendo
compás y buen cante, todo es posible. Israel ha eliminado
voz, guitarra y un compás accesible…hay compás,
pero no lo comparte, los demás lo tenemos que pescar.
Baila descalzo, se acerca al piano y toca una nota para
moverse brevemente a su resonancia, crea caricaturas de
bailaor, emite ruidos de caballo al galope, silba.
“La edad de oro”, anterior obra de Israel Galván,
fue herméticamente perfecta y te mandaba para casa
sintiendo la sublime catarsis provocada por todo arte grande.
“Tábula rasa” no llega a tanto, ni parece
desearlo siquiera. El público embelesado aplaudía
efusivamente.
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