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COMPAÑÍA
DE JOAQUÍN GRILO “A SOLAS”
24 de febrero de 2006
Teatro Villamarta
Texto: Manuel Moraga
Foto: Estela Zatania
REFLEXIÓN
Con la excusa dramática de la reflexión
(y nunca mejor dicho, porque lo primero y lo último
que aparece en escena es un espejo), con la excusa del viaje
interior, del balance vital, de lo ganado y lo perdido,
Joaquín Grilo nos hace partícipes de su desarrollo
artístico y de su madurez coreográfica. Verle
es un placer. La excusa es lo de menos.
A solas frente al espejo. A solas frente a su pasado. El
Artista –personaje central- a solas frente a la vida.
Así comienza la obra y ese es el principal motor
narrativo de esta historia –inspirada en El Guardián
de la luz de Sergio Bambaren- en la que Grilo alcanza altísimas
cotas coreográficas y de ejecución personal.
Aunque al relato es algo parco en resolución dramática
y a veces hasta dificulta la implicación del espectador
(quizá la caracterización del Artista Viejo
esté demasiado subrayada y casi roza la caricatura)
lo cierto es que conforme el bailaor descuelga las botas
(no es una metáfora) el espectáculo va cambiando
de rumbo.
En
lo concreto, en la solución coreográfica de
las escenas, es donde la obra crece y donde aflora el talento
de Joaquín Grilo, que da respuesta a sentimientos
de melancolía, de remordimiento, de soledad, de amor.
Palmas y garrote “sin dueño” (manos salidas
de la oscuridad), un intenso diálogo por martinete
entre cante (el fantasma del Artista) y el propio Artista,
un bellísimo y conmovedor paso a dos entre el Artista
y El Amor (sublime Esther Jurado), unas bulerías
(mano a mano y sólo a base de compás) del
Artista con su Espectro... “A solas” tiene muchos
momentos –y bien dosificados- de gran calidad, donde
Grilo demuestra la exploración certera de su plasticidad,
el dominio en la composición de la figura (y también
de su descomposición voluntaria), la capacidad de
su cuerpo para materializar cualquier estado del alma. El
coreógrafo baila con intención e interpreta
con convicción, (al menos cuando baila):dedos, manos,
codos, hombros, cuello, cabeza, torso y así hasta
los pies, el cuerpo de Grilo es una máquina de expresión
que funciona perfectamente engrasada, con limpieza, con
precisión, con pulcritud.
En todo momento la música es un actor más,
creando esa atmósfera espesa que sumerge al espectador
en el mundo nebuloso de la memoria y en la fría frontera
que separa la vida de la muerte. Destacar la presencia de
Diego Amador, que intervino como artista invitado, aunque
todos los músicos, en su conjunto, trabajaron perfectamente.
Varias veces tuvo que salir Grilo a saludar al final de
la obra, que, por cierto, comenzó veinte minutos
tarde. Al final, lo que menos importa es la trama, porque
la razón primera y última de todos esos aplausos
no fue sino el baile del maestro. Esa también podría
ser una reflexión.
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