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Belén Maya “Dibujos”
Jueves, 9 de noviembre, 2006. 2030h. Muziekgebouw aan het
IJ, Amsterdam.
Programación
I Bienal de Flamenco de los Países Bajos
Texto: Estela Zatania
Baile: Belén
Maya. Cante: Rosario la Tremendita, Jesús Corbacho.
Guitarra: José
Luis Rodríguez. Palmas: Ana Calí, Vanesa
Coloma. Violín: Volker Dmitienco.
“Primera Bienal de Flamenco de los Países
Bajos”. Incluso por escrito, las palabras retumban
con todo el peso del hito histórico que es. Festivales
de flamenco en el extranjero, los ha habido desde la primera
edición del discreto New York Festival de Cante en
1969, hasta los actuales festivales de Nimes, Toulouse o
Mont-de-Marsans en Francia o los eventos con periodicidad
firme en Inglaterra, Estados Unidos, Alemania, Italia o
Japón. Pero que un relativamente pequeño país
norteño, con una afición que remonta, como
mucho, a dos décadas (sabemos que el catalán
José de Udaeta dio seminarios de baile y castañuelas
en Ámsterdam en los años ochenta), se arriesgue
a proclamar algo tan ambicioso como una “bienal”
de flamenco, y aspire, como explica Ernestina van de Noort
de la organización, a ser tan grande como la de Sevilla,
no deja lugar a dudas en cuanto a la globalización
dinámica del flamenco hoy en día. Si los grandes
cantantes de ópera no son siempre italianos, ni los
mejores bailarines clásicos son siempre rusos, debemos
hacernos cargo de que en un futuro próximo saldrán
auténticas figuras del arte jondo de una diversidad
de países. Esto, cuando en los bares y cuartitos
de Jerez y otros lugares se sigue discutiendo si los del
barrio tal saben o no “abrir la boca”.
Fomentando un interés
en el flamenco que va más allá del “síndrome
pandereta”.
Por ahora esta afición incipiente está centrada
en el baile, y en las mezclas experimentales con otras músicas,
dos áreas del flamenco con amplio margen para el
crecimiento y evolución rápida. En este contexto
la figura de Belén Maya, cuyo recital abrió
anoche el ciclo de actuaciones del festival, no pudo faltar.
La hija de Mario Maya y Carmen Mora, empapada del ambiente
flamenco y del baile desde su nacimiento en medio de una
gira por los Estados Unidos, descubrió a temprana
edad su predilección por el vanguardismo basado en
la tradición. Ha desarrollado un estilo inconfundible
con posturas geométricas, sorprendentes detalles
con la bata de cola y otros accesorios y obras que empujan
los límites de lo establecido, a la vez que rinde
homenaje ante el altar del flamenco más clásico.
Es un equilibrio delicado buscado por muchos hoy en día,
con menor o mayor éxito. Belén Maya hace para
el baile flamenco femenino, lo que Israel Galván
para el masculino. Como una vidente que ve más allá
de las miras cotidianas, hace visible un universo de posibilidades
que siempre estaban allí. La imagen suya que aparece
en el cartel anunciador del festival es altamente simbólica:
como una mariposa en plena mudanza, agachada y con sus brazos
(¿o son alas?) en cruz, deja atrás un aparatoso
vestido de volantes para renacer como bailarina contemporánea.

Belén Maya (foto: Rafael Manjavacas)
Al amplio centro del Muziekgebouw en las orillas del IJ,
acude un público treintón y culturalmente
sofisticado, dentro de la línea del pantalón
tejano de marca, para el espectáculo “Dibujos”
recientemente presentado en Sevilla en “la otra”
Bienal. Holanda siempre ha sido un país receptor
de diversas influencias, y el flamenco aquí es contemplado
como un elemento más del “world music”,
sin el bagaje superficial adquirido por turistas de otros
países en viajes de agosto a Torremolinos o Benidorm.
O al menos a eso aspira la organización de este festival,
a fomentar un interés en el flamenco que vaya más
allá del “síndrome pandereta”.
Como una vidente que ve más
allá de las miras cotidianas, hace visible un universo
de posibilidades que siempre estaban allí.
La envergadura del evento ha requerido la presencia de
Bibiana Aido, directora de la Agencia para el Desarrollo
del Flamenco, entidad que ayudó a financiar el festival.
Con un aforo casi completo en el auditorio con capacidad
para 750, Belén Maya aparece en bata de cola negra
para hacer apuntes en una pizarra, el mismo comienzo que
vimos en Jerez y Sevilla. La obra ha evolucionado discreta
pero favorablemente en estos meses. Ha perdido cierto exceso
de cerebralidad a favor de una desenfadada presentación
que deja lucir el carisma de Belén. Las voces, diferentes
a lo habitual, son de la Tremendita y Jesús Corbacho,
y la guitarra la pone el subvalorado José Luis Rodríguez.
Un baile fantasía con pañuelo rojo y abanico
a la Chacona de Bach, una rondeña (Mario Maya hizo
maravillas con el baile de rondeña), las dos chicas
que hacen compás apuntando detallitos, y con cada
número nos acercamos más al flamenco, con
la correspondiente reacción del público, personas
que posiblemente no distinguen los palos pero que sienten
la atracción del compás, ese elixir flamenco
que hace que se asomen los duendes.
Jesús Corbacho canta por bulería a paso tranquilo
y sin guitarra, más sobrio imposible, con poquísima
luz y las palmas apenas sonando. La falta de contundencia
del compás, que es implícito pero no declarado,
es como un orgasmo pospuesto, y duele igual de rico –
¿lo sabrá apreciar este público? La
respuesta no tarda en llegar con aplausos entusiasmados
y los primeros gritos de “¡ole!”.
Si otras bailaoras contemporáneas
desconstruyen el baile, Belén lo hace y vuelve a
construirlo delante de nuestros ojos.
Vuelve Belén, tacha en la pizarra los números
ya despachados y destaca “tangos”. Echa una
mirada de complicidad hacia el público y éste
responde obediente con un “¡sí!”
colectivo. La bailaora da rienda suelta a sus raíces
granadinas encontrándose con cantes de Granada, Triana
y Cádiz, provocando aplausos cada vez que recrea
la ilusión de estar deslizándose por la pista
sobre raíles.
Solo de cante de la Tremendita, soleá con bulería
por soleá, valiente pero excesivamente adornada,
amarchenada – es joven y tiene facultades y afición,
démosle tiempo. Gusta muchísimo el numerito
de las dos chicas palmeras, el pellizco nunca está
de más en el flamenco aunque el efecto es disminuido
por la casi ausencia de iluminación.
Por fin, las alegrías de Belén, en toda su
gloria flamenca vistiendo una despampanante bata de cola
color rojo. Si otras bailaoras contemporáneas desconstruyen
el baile, Belén lo hace y vuelve a construirlo delante
de nuestros ojos. La señora es espléndida
en este baile que cierra el recital, y cuando por fin se
acerca a la pizarra a borrar todos los apuntes y apaga la
bombilla que cuelga desde arriba, hay un colectivo y muy
sentido “aaaahh” de decepción al haber
llegado al final de tan rica velada. Todavía hay
un largo fin de fiesta en el que participa hasta el violinista,
y las dos mujeres palmeras realizan sus respectivas pataítas
de rompe y rasga acabando de enloquecer a un público
cuya afición ha aumentado exponencialmente esta fría
noche holandesa.
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