
Santiago Sánchez Macías, “Santiago
Donday”, nació en Cádiz en 1932 y murió
en 2004. Fragüero de profesión, el hijo de cantaores
aficionados Seis Reales y María la Sabina y nieto
del jerezano Farrabú nunca quiso abandonar su fragua,
la última en activo en Cádiz, para dedicarse
al cante. No obstante muchos amantes del flamenco más
tradicional gozaban de su decir rancio y primitivo y un
repertorio limitado a los estilos básicos. El investigador
y escritor Pierre Lefranc, autor de “El cante jondo”
(Sevilla, 2000) tuvo la oportunidad de escuchar a Santiago
en la intimidad de la casa de éste cuando el cantaor
se encontraba en la plenitud de sus facultades.
Una tarde de cante con Santiago
Donday en 1961
Texto: Pierre Lefranc
Traducción al castellano: Estela Zatania
El día 11 de septiembre de 1961, Anzonini
del Puerto nos llevó a Cádiz a la casa de
Santiago Donday. Llegamos a eso de de las tres de la tarde
y lo encontramos entre familia con unos cuantos amigos.
Inmediatamente preparamos la grabadora, no se habló
de buscar a ningún tocaor, y Santiago empezó
a cantar con el apoyo de de las palmas de todos los presentes,
más destacadamente de Anzonini, un maestro de la
precisión, de energía y de fantasía
creativa, cualidades siempre presentes en cantidades copiosas.

Santiago Donday con Niño Jero
Aquel día no cantó ningún otro hasta
el final. Santiago, que se negaba a vender su cante, había
desarrollado un repertorio muy suyo – mitad Cádiz,
mitad Jerez – dentro de la tradición gitana:
bulerías, bulerías por soleá, soleares,
siguiriyas, martinetes y tonás. Su decir se asemejaba
al de Manolo Caracol, probablemente debido más a
temperamentos afines que a la libre elección o imitación.
Básicamente, Santiago fue un rebelde, todo menos
un seguidor, y el buen cante de Caracol no se conseguía
fácilmente mediante las grabaciones. Una marcada
influencia en su cante era la de Jerez, sobre todo por siguiriyas.
Su padre fue jerezano.
Mantenía en activo la herrería de su padre
en Puerta Tierra, y allí dejó una vida entera
de trabajo. Algunos contactos con la afición adinerada
de Jerez – nos abstenemos de especificar nombres –
le habían causado tan mala impresión que hizo
la promesa de no repetir la experiencia. También
por aquellos años, 1961-62, José Manuel Caballero
Bonald lo reclutó para su Archivo del Cante Flamenco
(editado en 1968). Por lo visto, no se llevaron demasiado
bien: Santiago resultó excesivamente rebelde y bohemio
para Caballero Bonald que sólo incluyó un
puñado de sus soleares y no llegó a editar
el resto del material. El cantaor permaneció desconocido
excepto para los aficionados locales.
Hacia el año 1993 entregué a Luis y Ramón
Soler una copia de las grabaciones de aquella tarde, de
las cuales seleccionaron cuatro cortes para inclusión
en sus “Testimonio Flamencos” que acompañan
la Historia del Flamenco publicada por Tartessos (una quinta
grabación, más reciente, fue añadida).
Aquella edición tardía de Santiago lo colocó
brevemente en el panorama actual para los aficionados de
solera a quienes se les estaban acabando las existencias
de cantaores tradicionales dignos de su admiración.
Posteriormente Paco Cepero logró convencer a Santiago
para grabar comercialmente, por lo que debemos estarle agradecidos,
pero el tiempo no había pasado en balde y esto sólo
era la sombra de lo que Santiago había sido. Murió
hace dos años.

Anzonini del Puerto (foto: Yane Lefranc)
El cante de su juventud presenta dos características
destacables. En todo momento mantiene una aferrada relación
con su cante y la esencia del cante en general, jamás
permitiendo que esa relación se suelte, ni decaiga
la tensión por un solo instante. Sólo he encontrado
este tipo de relación férrea con el cante
en algunas grabaciones de Tomás Pavón y Manuel
Torre. Había también momentos cuando quedaría
corto hablar de los sonidos negros: este cantaor parece
mirar fijamente en el mismo meollo de la oscuridad –
una oscuridad experimentada, y otra más allá
– y dar parte; o como dice un exquisito andalucismo,
daba miedo cantando. Su capacidad para dejarse llevar por
la creatividad no ortodoxa no le benefició.
Hacia las siete de la tarde, de pronto apareció,
como salida de las paredes, una anciana frágil que
lucía un parche negro en el ojo izquierdo: Pepa “Seis
Reales”, también conocida como María
La Sabina, la madre de Santiago. Empezó templándose
con una sola nota aguantada dos veces sin ningún
tipo de vibrato, seguido majestuosamente por aquella invocación
ancestral, “Con el yay, / Con el yay y el yay que
yay, / Con el yay y yay y yay”, metiéndose
por bulerías a la vieja usanza, y luego unos fandangos
antiguos. Todos los presentes quedaron prendados, boquiabiertos,
maravillados. Acto seguido, con todas las posibles metas
de aquel día limpiamente alcanzadas, no quedaba más
que comunicarnos y la reunión llegó a su fin.
Las bulerías de Pepa también están
incluidas en la selección de los Soler.
P.L.
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