| 
Andrés Marín
“Vanguardia Jonda”
Sábado, 7 de octubre, 2006. 20.00.
Teatro Central
Especial XIV Bienal de Flamenco de
Sevilla. Reseñas, programación, fotografías...
Texto: Estela Zatania
Baile: Andrés
Marín. Colaboración especial al cante:
Segundo
Falcón, José Valencia. Guitarra: Salvador
Gutiérrez. Piano: Pablo Suárez. Percusión:
Antonio Coronel.
Dirección artística: Andrés Marín.
Dirección musical: Andrés Marín, Salvador
Gutiérrez. Guión y dramaturgia: Andrés
Marín, Salud López. Coreografía: Andrés
Marín. Audiovisuales: Iván Schreck.
En esta ocasión, ni una obra sobrecargada
de pretensiones intelectuales, ni audiovisuales sin sentido,
ni un libreto rebuscado hasta rozar lo cómico pudieron
empañar la genial actuación del bailaor Andrés
Marín anoche en el Teatro Central.
El curioso guión titulado “El alba del último
día. Vanguardia jonda”, podía haberse
llamado “Mad Max en Andalucía”. Con frases
de la guionista en el programa de mano como “El bailaor
(Itur) está destinado a exorcizar la enfermedad de
la idealidad, viejo monstruo de la impotencia heredera del
romanticismo del absoluto”, da idea de que el largo
berrinche de la actual generación en contra del flamenco
clásico no da tregua.
La antítesis del baile
como atracción de circo, y las fatiguitas son interiores

Hay una estética austera que recuerda la película
Metrópolis de 1927, y si cometemos la imprudencia
de seguir leyendo el programa, descubrimos que la obra va
de tres cafés cantantes históricos: el Kursaal,
Café de Chinitas y el Café Suizo. También
se alude por escrito a Lorca o Falla, y la coincidencia
en 1936 del cierre del último café cantante
con el comienzo de la guerra civil española. Muy
interesante, pero el poder desnudo de la música,
la voz humana y el baile de Marín hacen que las palabras
queden pequeñas y todo argumento filosófico
se desvanezca. Si una imagen vale por mil palabras, la hora
y tres cuartos que Marín expone su perspectiva, es
la más elocuente declaración de la intemporalidad
del flamenco y su permanente relevancia.
Diez minutos antes del comienzo, suena música de
los años treinta por si alguien no hubiera leído
el programa, pero el mismo baile de Marín parece
ser la mayor inspiración y razón de ser de
la obra. Su línea limpia, la barba de 36 horas, la
mirada plácida, el pelo corto, el pantalón
de pitillo, los movimientos escuetos y el cuello forzado
hacia delante es un conjunto visual intrínsecamente
futurista que proclama la necesidad de ser “actual”,
incluso sabiendo que, por definición, lo más
nuevo deja de serlo en el momento que se manifieste.
La atractiva capacidad de no
parecer “bailaor”, sino “hombre normal
que baila”.
Otros bailaores, queriendo ser modernos, pretenden reducir
o incluso eliminar el engorroso elemento del cante, pero
Marín conoce su importancia, y sus espectáculos
siempre incluyen buenas voces y una abundancia de cante.
José Valencia y Segundo Falcón manejan asombrosamente
bien la difícil tarea de interpretar cantes clásicos
– trilla y martinete, soleá de Triana, siguiriya,
fandango abandolao, caña, malagueña, cartagenera,
soleá por bulería, tangos de Triana –
adaptándose al vanguardismo que pide la obra, y ofreciendo
un camino digno hacia el futuro del flamenco que es ahora.
Muchos comparan a Marín con Israel Galván,
pero sólo se parecen en el sentido más general:
ninguno de los dos se conforma con lo establecido, y ambos
exploran con inteligencia y respeto las fronteras del baile
flamenco. Andrés posee la atractiva capacidad de
no parecer “bailaor”, sino “hombre normal
que baila”. Su estilo es sobrio y serio, pero no falta
un sutil sentido del humor. No es un baile que hace gala
de la fuerza física ni de los alardes técnicos
en el sentido convencional. La fuerza es cerebral, mucho
más potente y menos limitada que la física,
y el resultado, más digno de ser observado –
es la antítesis del baile como atracción de
circo, y las fatiguitas son interiores.
En el apartado técnico, resultó molesta la
sobreamplificación de la superficie del escenario
que hizo que el más mínimo roce de un zapato
sonara “importante”. Admirable el trato del
cante minero, libre de compás, que baila Marín
con credibilidad y sin los gestos histriónicos que
suele producir la ausencia de compás. Un simpático
mano a mano por malagueña entre Falcón y Valencia
donde alternan tercios y sobreponen voces, es genial. El
percusionista Antonio Coronel es un auténtico artista
y creador, haciendo milagros con botellas y agua, tocando
un discreto pandero para la siguiriya o una batería
pachanguera en los tangos de Triana.
Al final, ni rastro de los cafés cantantes, y a
la mitad has abandonado la búsqueda de referencias
citadas en el programa. Sólo queda la fuerte impresión
del intemporal baile de Andrés Marín y una
“Vanguardia Jonda” que es precisamente eso.
SON DE LA FRONTERA
"Cal" estreno mundial
7 de octubre, 2006. 23.30h.
Hotel Triana
En
busca de la pura emoción
Son
de la Frontera. Tres cubano y guitarra: Raúl
Rodríguez. Guitarra: Paco de Amparo. Baile y compás:
Pepe Torres. Cante y compás: Moi de Morón.
Compás y baile: Manuel Flores. Lugar: Hotel Triana.
Fecha: madrugada del sábado 7 al domingo 8 de octubre.
JUAN VERGILLOS

Son de la Frontera es un grupo flamenco firmemente
asentado en la estética musical de Morón.
De ahí el título de su nueva propuesta, presentada
en la madrugada del sábado al domingo en el sevillano
Hotel Triana, dentro de la XIV Bienal de Flamenco.
La cal es uno de los elementos característicos del
paisaje urbano del pueblo de la provincia de Sevilla desde
el que el gran Diego del Gastor ejerció su magisterio
e influencia en la guitarra de los años sesenta y
setenta, con propuestas muy a contracorriente de la guitarra
flamenca de la época. Diego huía de los juegos
de manos de la armonía, para centrarse en la melodía
a cuerda pelá del bordón y el ritmo, en la
pura emoción. Los jóvenes intérpretes
de Son de la Frontera han actualizado este repertorio de
toques, disperso en grabaciones caseras en su mayor parte.
Si en su primera entrega fueron bulerías, seguiriyas
y soleares los estilos estrella, en esta nueva propuesta,
Cal, aparecen también otros sones como alegrías
o malagueñas. Los arreglos, muy sencillos, siguen
por la misma línea de emotividad a flor de piel,
y marcados por el timbre metálico, sensual, caribeño,
del tres cubano en las manos de Raúl Rodríguez.
Eso sí, la nueva propuesta es más seria, más
enjuta, más solemne.
Todos los miembros del grupo brillaron a gran altura.
Los instrumentistas poblando la noche de variaciones, con
algunas intervenciones a dúo ciertamente íntimas.
El cante poderoso de Moi de Morón, cante de campiña.
Y la voz afilada y mate de El Galli. Pepe Torres tuvo una
gran noche, con un baile por soleares solemne, dolorido
y muy centrado. Es el baile de hombre más viril que
se puede hoy ver en los escenarios. Y Manuel Flores, seguro
compás de atrás, que se pegó su buena
pataíta en el fin de fiesta, sin microfonía,
‘a capella’. Un nuevo paso adelante en la trayectoria
de este joven grupo sevillano.
Más información:
|