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27 de julio de 2008
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XIV BIENAL DE FLAMENCO DE SEVILLA



EVA YERBABUENA
"El huso de la memoria
"
6 y 7 de octubre, 2006. 2100h.
Teatro Lope de Vega

 

Especial XIV Bienal de Flamenco de Sevilla. Reseñas, programación, fotografías...

La magdalena de Eva

Baile, coreografía y dirección: Eva Yerbabuena. Baile: Patrick de Bana, Aida Badía, Edu Lozano (invitados), Mercedes de Córdoba, Sonia Poveda, Choni, María Moreno, Mariano Bernal, Eduardo Guerrero, Juan Manuel Zurano, Alejandro Rodríguez. Músicos: Paco Jarana (autor de la música), Manuel de la Luz, Enrique Soto, Pepe de Pura, Jeromo Segura, Rafael de Utrera, Efraín Toro, El Pájaro, Ignacio Vidaechea. Aforo lleno.

JUAN VERGILLOS

Es un espectáculo de momentos, de detalles. Lo cuál no deja de tener, paradójicamente, su lógica argumental. Si el tema era el recuerdo, la memoria, ¿acaso no son los recuerdos fragmentos? Fragmentos de realidad o fantasías que las horas escancian. Fantasías o recuerdos en los que la bailaora buscó la inspiración, pero que no trató de dar al público en bruto, ni en lenguajes escénicos que le son ajenos, como en sus dos espectáculos anteriores, sino trasmutados en pasos de baile. Su baile. Momentos largos: sus tres intervenciones. Trescientos años. Momentos cortos, los interludios de las saetas. Los pasajes con el cuerpo de baile eran más conceptuales, aunque a mí se me escaparon los conceptos. Pensaré en ello la próxima vez que lea a Proust. A mí me evocó, vaya usted a saber porqué, las clases, los inicios de la bailaora en las academias, en las compañías. Los celos y la solidaridad, el compañerismo. Más lo primero, la verdad. Eva, la bailaora, es una mujer ensimismada, solitaria, distraída en lo otro, envuelta en una felicísima melancolía.

El grupo muy disciplinado y también muy rígido, con indagaciones curiosas. Pero como luego venía lo otro, el oro de Eva, esto se me olvidaba pronto.

El oro: primero unas partículas, las que lanzaba Aida Badía en los interludios por saetas. Poderoso e íntimo, lleno de dolor, Pepe de Pura. Poderosa, desgarrada, llorona de goma, la bailarina. Y luego Eva.

La escena estaba dividida en dos, demarcando lo dramático de lo musical. Los instrumentistas detrás de un telón traslúcido. Y sin embargo qué conexión entre el conjunto. Qué verdad tan rara, tan cercana, la de Eva. Cuánta felicidad en los brazos. El mirabrás fue una explosión de vida que me recordó los cuadros de los Cafés Cantantes. La señora con bata de cola. Y cuánta elocuencia en un mantón. Majestuosidad, poderío cercano. Reina castiza. La flauta como toque retro: ha envejecido peor que la bata de cola y la flor. En la nana me tocó el corazón y, se lo confieso, me brotaron las lágrimas. No por el tema, la nana a un niño muerto. No sólo por el tema. Sino por el abandono de sí de la intérprete. Fue un paso a dos con Patrick de Bana. Ella enajenada. Él aéreo, perdido en las alturas, ensimismado. Y sin embargo con una comunicación total. Aunque lo que se comunicaran fuera aislamiento, soledad, hastío, amargura. Eva fue la madre, la madonna, la diosa neolítica de la fertilidad. También la luz y el vestuario, subrayando sus pechos grandes de madre madura. Sus caderas anchas de madre. A mí sí, debo confesarlo. Me encanta el desaliño aparente del vestuario de esta intérprete. Es muy suyo, va mucho con estos pasajes de abandono en la pura danza, en el puro instante. La melancolía hecha miel. Con las abejas y la cera. Un espectáculo desaliñado, falto de dirección escénica y de tempo narrativo. Sí, eso es cierto. ¿Y qué? Yo estoy cansado de ver espectáculos esterilizados y uperizados en la escena. El poeta es un fingidor, es cierto. Pero cuando la verdad sube a escena. La verdad, la verdad. Que cese lo otro. Una cosa es salir del teatro sonriendo para olvidarse en la primera copa de la cena. Y otra cosa tener la emoción metida en las entrañas dos días. Y eso ha pasado sólo en dos ocasiones a lo largo de este festival. O me ha pasado a mí sólo dos veces. Con Tábula rasa y anoche. Eva desmañada. Eva cien por cien. Yo no quiero pedirle otra cosa, aunque me alegro de que se haya olvidado de los actores y de los aparatajes escénicos para El huso de la memoria. Desaliñada, así baila Eva en la cocina de su casa, mientras prepara un puchero con Yerbabuena. Cabe mayor honor para los que tanto la admiramos. Desaliñada y perfecta.

Y la soleá. Yo lo he dicho ya todo de la soleá de Eva, no puedo añadir más. Puro presente. Circularidad. Un lugar donde absolutamente todo tiene sentido, está en su sitio. Un don que va más allá de su dominio técnico, arrollador, pero siempre al servicio de la expresión (quizá lo otro, el dominio técnico que se sitúa por encima de la emoción del intérprete, no lo sea de veras). De su manera de experimentarnos el tempo dramático. La soleá lo es todo, la felicidad y la desolación, la muerte y la vida. La fecundidad. El tiempo, la memoria. La música, esa “extraña forma del tiempo” según Borges. Simple conciencia del tiempo. El lenguaje del alma. La música tan íntima en el paso a dos, que se fue ampliando a tres con Paco Jarana, a cuatro con Pepe de Pura. La música hecha uno en la soleá, con Pepe de Pura, con Rafael de Utrera, con el gran Enrique Soto. Los pasajes a cámara lenta subrayando el paso de las horas. Deteniendo los relojes. Se acordó también Eva de la cueva, de las formas procaces del Sacromonte. Cita de erudición u homenaje. Parodia y declaración de amor. Excesiva y depurada. Sutil y tosca. Grande y diminuta. Todo ello es Eva, todo eso trasmite su baile. Más no se puede. Y pedirle más, ¿para qué? Eva está en lo suyo y llega, llegará, cuando menos lo esperábamos.

Eva es una princesa que en ocasiones se pincha un dedo en la rueca y se queda dormida cien años. Yo acabé con lágrimas nuevas en los ojos y el público gritándole de rabia, de amor, de deseo, de pena, de odio, de gusto, de todo. ¿He dicho ya que éste es un espectáculo sobre la familia, la maternidad? Dicho queda.

Remedios Amaya / Capullo de Jerez
Viernes, 6 de octubre, 2006. 2330. Hotel Triana

Texto: Estela Zatania

Remedios Amaya y Capullo de Jerez son figuras carismáticas cuya popularidad trasciende el mero hecho de hacer música. Ella, trianera con raíces extremeñas, y él, de uno de los barrios más castizos de Jerez, cada uno con sus incondicionales, que ni es la banda de Antonio Mairena, pero tampoco la del flamenco rock o fusión. Comparten un público camaronero y festero que descubrió el flamenco por la década de los setenta cuando dejó de ser el coto privado de la gente mayor y de los cuartitos.

Remedios, aquella jovencita que triunfó con su canción por rumba “Compasión”, desapareció de los escenarios después de un humillante fracaso en Eurovisión y años después volvió a encontrar su público gracias a una grabación con Vicente Amigo. Ha llegado al patio del Hotel Triana con su conjunto que incluye a sus hermanas, Joaquina, Carmen y Marta haciendo coro y palmas, Luis Carrasco y Alejandro Amaya a la percusión y su guitarrista habitual, Juan Diego de Jerez. A pesar de anunciar “Soy trianera por los cuatro costados”, Remedios tiene un repertorio rico en cante extremeño, y los extremeños, a su vez, tienen una debilidad por el cante minero. La cantaora empezó con su personal interpretación de cartageneras para seguir con “Camino de la feria de Zafra” al ritmo de la bulería extremeña, o “jaleos”. Para los tangos que canta a continuación, ya está descalza y fuera del micro para un cante a lo canastero – estos tangos tienen poco que ver con los de Cádiz – con percusión. El patio está llenísimo cuando se mete nuevamente por bulerías con arranques de baile, y más bulerías con la hermana para terminar.

Sigue llegando gente del barrio, nacionales y extranjeros, muchos que han venido corriendo del Lope de Vega de la actuación de Eva Yerbabuena, para no perder la oportunidad de ver a estas dos figuras. El Capullo de Jerez es recibido con una ovación más calurosa de lo normal y empieza dedicando su actuación “a todos los niños del mundo”. Bulerías y tangos forman la espina dorsal del repertorio festero de Remedios y del Capullo – si ella agrega el cante minero, él siempre inicia sus actuaciones con bulería por soleá en banda sonora original de su mente creativa y expansiva. Con Niño Jero hijo a la guitarra, sigue con fandangos. El cantaor está ronco pero el guión no varía, así les gusta a los fans, y además, siempre hay versos nuevos y espontaneidad dentro de una formula. Tangos y bulerías, la pataíta y hasta la próxima. Lo de siempre, en el mejor de los sentidos.

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