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EVA YERBABUENA
"El huso de la memoria"
6 y 7 de octubre, 2006. 2100h.
Teatro Lope de Vega
Especial XIV Bienal de Flamenco de
Sevilla. Reseñas, programación, fotografías...
La
magdalena de Eva
Baile, coreografía y dirección:
Eva Yerbabuena.
Baile: Patrick de Bana, Aida Badía, Edu Lozano (invitados),
Mercedes de Córdoba, Sonia Poveda, Choni, María
Moreno, Mariano Bernal, Eduardo Guerrero, Juan Manuel Zurano,
Alejandro Rodríguez. Músicos: Paco Jarana
(autor de la música), Manuel de la Luz, Enrique Soto,
Pepe de Pura, Jeromo Segura, Rafael de Utrera, Efraín
Toro, El Pájaro, Ignacio Vidaechea. Aforo lleno.
JUAN VERGILLOS
Es un espectáculo de momentos, de detalles.
Lo cuál no deja de tener, paradójicamente,
su lógica argumental. Si el tema era el recuerdo,
la memoria, ¿acaso no son los recuerdos fragmentos?
Fragmentos de realidad o fantasías que las horas
escancian. Fantasías o recuerdos en los que la bailaora
buscó la inspiración, pero que no trató
de dar al público en bruto, ni en lenguajes escénicos
que le son ajenos, como en sus dos espectáculos anteriores,
sino trasmutados en pasos de baile. Su baile. Momentos
largos: sus tres intervenciones. Trescientos años.
Momentos cortos, los interludios de las saetas. Los pasajes
con el cuerpo de baile eran más conceptuales, aunque
a mí se me escaparon los conceptos. Pensaré
en ello la próxima vez que lea a Proust. A mí
me evocó, vaya usted a saber porqué, las clases,
los inicios de la bailaora en las academias, en las compañías.
Los celos y la solidaridad, el compañerismo. Más
lo primero, la verdad. Eva, la bailaora, es una mujer ensimismada,
solitaria, distraída en lo otro, envuelta en una
felicísima melancolía.

El grupo muy disciplinado y también muy rígido,
con indagaciones curiosas. Pero como luego venía
lo otro, el oro de Eva, esto se me olvidaba pronto.
El oro: primero unas partículas, las que lanzaba
Aida Badía en los interludios por saetas. Poderoso
e íntimo, lleno de dolor, Pepe de Pura. Poderosa,
desgarrada, llorona de goma, la bailarina. Y luego Eva.
La escena estaba dividida en dos, demarcando lo dramático
de lo musical. Los instrumentistas detrás de un telón
traslúcido. Y sin embargo qué conexión
entre el conjunto. Qué verdad tan rara, tan cercana,
la de Eva. Cuánta felicidad en los brazos. El mirabrás
fue una explosión de vida que me recordó los
cuadros de los Cafés Cantantes. La señora
con bata de cola. Y cuánta elocuencia en un mantón.
Majestuosidad, poderío cercano. Reina castiza. La
flauta como toque retro: ha envejecido peor que la bata
de cola y la flor. En la nana me tocó el corazón
y, se lo confieso, me brotaron las lágrimas. No por
el tema, la nana a un niño muerto. No sólo
por el tema. Sino por el abandono de sí de la intérprete.
Fue un paso a dos con Patrick de Bana. Ella enajenada. Él
aéreo, perdido en las alturas, ensimismado. Y sin
embargo con una comunicación total. Aunque lo que
se comunicaran fuera aislamiento, soledad, hastío,
amargura. Eva fue la madre, la madonna, la diosa neolítica
de la fertilidad. También la luz y el vestuario,
subrayando sus pechos grandes de madre madura. Sus caderas
anchas de madre. A mí sí, debo confesarlo.
Me encanta el desaliño aparente del vestuario de
esta intérprete. Es muy suyo, va mucho con estos
pasajes de abandono en la pura danza, en el puro instante.
La melancolía hecha miel. Con las abejas y la cera.
Un espectáculo desaliñado, falto de dirección
escénica y de tempo narrativo. Sí, eso es
cierto. ¿Y qué? Yo estoy cansado de ver espectáculos
esterilizados y uperizados en la escena. El poeta es un
fingidor, es cierto. Pero cuando la verdad sube a escena.
La verdad, la verdad. Que cese lo otro. Una cosa es salir
del teatro sonriendo para olvidarse en la primera copa de
la cena. Y otra cosa tener la emoción metida en las
entrañas dos días. Y eso ha pasado sólo
en dos ocasiones a lo largo de este festival. O me ha pasado
a mí sólo dos veces. Con Tábula rasa
y anoche. Eva desmañada. Eva cien por cien. Yo no
quiero pedirle otra cosa, aunque me alegro de que se haya
olvidado de los actores y de los aparatajes escénicos
para El huso de la memoria. Desaliñada, así
baila Eva en la cocina de su casa, mientras prepara un puchero
con Yerbabuena. Cabe mayor honor para los que tanto la admiramos.
Desaliñada y perfecta.
Y la soleá. Yo lo he dicho ya todo de la soleá
de Eva, no puedo añadir más. Puro presente.
Circularidad. Un lugar donde absolutamente todo tiene sentido,
está en su sitio. Un don que va más allá
de su dominio técnico, arrollador, pero siempre al
servicio de la expresión (quizá lo otro, el
dominio técnico que se sitúa por encima de
la emoción del intérprete, no lo sea de veras).
De su manera de experimentarnos el tempo dramático.
La soleá lo es todo, la felicidad y la desolación,
la muerte y la vida. La fecundidad. El tiempo, la memoria.
La música, esa “extraña forma del tiempo”
según Borges. Simple conciencia del tiempo. El lenguaje
del alma. La música tan íntima en el paso
a dos, que se fue ampliando a tres con Paco Jarana, a cuatro
con Pepe de Pura. La música hecha uno en la soleá,
con Pepe de Pura, con Rafael de Utrera, con el gran Enrique
Soto. Los pasajes a cámara lenta subrayando el paso
de las horas. Deteniendo los relojes. Se acordó también
Eva de la cueva, de las formas procaces del Sacromonte.
Cita de erudición u homenaje. Parodia y declaración
de amor. Excesiva y depurada. Sutil y tosca. Grande y diminuta.
Todo ello es Eva, todo eso trasmite su baile. Más
no se puede. Y pedirle más, ¿para qué?
Eva está en lo suyo y llega, llegará, cuando
menos lo esperábamos.
Eva es una princesa que en ocasiones se pincha un dedo
en la rueca y se queda dormida cien años. Yo acabé
con lágrimas nuevas en los ojos y el público
gritándole de rabia, de amor, de deseo, de pena,
de odio, de gusto, de todo. ¿He dicho ya que éste
es un espectáculo sobre la familia, la maternidad?
Dicho queda.
Remedios Amaya / Capullo
de Jerez
Viernes, 6 de octubre, 2006. 2330. Hotel Triana
Texto: Estela Zatania
Remedios
Amaya y Capullo
de Jerez son figuras carismáticas cuya popularidad
trasciende el mero hecho de hacer música. Ella, trianera
con raíces extremeñas, y él, de uno
de los barrios más castizos de Jerez, cada uno con
sus incondicionales, que ni es la banda de Antonio Mairena,
pero tampoco la del flamenco rock o fusión. Comparten
un público camaronero y festero que descubrió
el flamenco por la década de los setenta cuando dejó
de ser el coto privado de la gente mayor y de los cuartitos.
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Remedios, aquella jovencita que triunfó con su canción
por rumba “Compasión”, desapareció
de los escenarios después de un humillante fracaso
en Eurovisión y años después volvió
a encontrar su público gracias a una grabación
con Vicente Amigo. Ha llegado al patio del Hotel Triana
con su conjunto que incluye a sus hermanas, Joaquina, Carmen
y Marta haciendo coro y palmas, Luis Carrasco y Alejandro
Amaya a la percusión y su guitarrista habitual, Juan
Diego de Jerez. A pesar de anunciar “Soy trianera
por los cuatro costados”, Remedios tiene un repertorio
rico en cante extremeño, y los extremeños,
a su vez, tienen una debilidad por el cante minero. La cantaora
empezó con su personal interpretación de cartageneras
para seguir con “Camino de la feria de Zafra”
al ritmo de la bulería extremeña, o “jaleos”.
Para los tangos que canta a continuación, ya está
descalza y fuera del micro para un cante a lo canastero
– estos tangos tienen poco que ver con los de Cádiz
– con percusión. El patio está llenísimo
cuando se mete nuevamente por bulerías con arranques
de baile, y más bulerías con la hermana para
terminar.
Sigue llegando gente del barrio, nacionales y extranjeros,
muchos que han venido corriendo del Lope de Vega de la actuación
de Eva Yerbabuena, para no perder la oportunidad de ver
a estas dos figuras. El Capullo de Jerez es recibido con
una ovación más calurosa de lo normal y empieza
dedicando su actuación “a todos los niños
del mundo”. Bulerías y tangos forman la espina
dorsal del repertorio festero de Remedios y del Capullo
– si ella agrega el cante minero, él siempre
inicia sus actuaciones con bulería por soleá
en banda sonora original de su mente creativa y expansiva.
Con Niño Jero hijo a la guitarra, sigue con fandangos.
El cantaor está ronco pero el guión no varía,
así les gusta a los fans, y además, siempre
hay versos nuevos y espontaneidad dentro de una formula.
Tangos y bulerías, la pataíta y hasta la próxima.
Lo de siempre, en el mejor de los sentidos.
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