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Fosforito / Milagros Mengíbar
Martes, 26 de septiembre, 2006. 2100h. Teatro Lope de Vega
Especial XIV Bienal de Flamenco de
Sevilla. Reseñas, programación, fotografías...
Texto: Estela Zatania
Fosforito
Qué complicado tener que reseñar
lo no reseñable. Un cantaor monumental, universal
y totalmente imprescindible para este arte, se acomoda en
su asiento en medio del escenario del Teatro Lope de Vega.
Le acompañan dos de los mejores guitarristas del
panorama actual, Manuel Silveria y Antonio Soto. Un hermoso
teatro, un aforo completísimo y un público
totalmente entregado.
El viejo maestro ansía expresar los vastos conocimientos
de un arte que lleva dentro desde pequeño y que ha
engrandecido de mil maneras, y cómo no, su corazón
enterito. A estas alturas no vamos a descubrir la clase
de cantaor que ha sido Fosforito, merecidísimo poseedor
de la última Llave de Oro del Cante, y gran inspiración
para toda una generación de cantaores.
Por soleá apolá, cantiñas, peteneras,
tarantos y bulerías con breves destellos de la grandeza
anterior. Suprimió los tientos y las malagueñas
que venían anunciadas en el programa porque sintió
lo que nadie ha podido ignorar, que la voz le iba fallando
por segundos y no tenía caso insistir.
Sólo nos queda decir
“gracias maestro”

Otros compañeros escribirán que no debería
de cantar ya, y tendrán razón. Yo le doy las
gracias a Antonio Díaz Fernández por dejarnos
participar de esa batalla interna que libra todo cantaor,
todo bailaor o guitarrista, de hecho, cualquier artista
en cualquiera de las ramas del arte, sea musical, visual
u otra, por expresar aquello que lleva dentro, y hacerlo
hasta los límites de sus posibilidades personales.
Fosforito alcanzó sus límites físicos
hace muchos años en incontables actuaciones en los
festivales de verano, donde siempre encabezaba los carteles,
y nunca escatimó arte, nunca se reservó, en
cientos de recitales y en las mejores compañías
de baile, especialmente la de Manuela Vargas, donde, en
colaboración con la bailaora y los magníficos
guitarristas que llevaba, hizo auténticas obras de
arte por palos hasta entonces poco desarrollados en el atrás.
Sólo nos queda decir “gracias maestro”.
Milagros Mengíbar
Baile: Milagros
Mengíbar, Luisa Palicio. Cante: Manolo Sevilla,
Emilio Cabello. Guitarra: Rafael Rodríguez, Pedro
Sánchez.
Milagros Mengíbar tiene más explicaciones
que dar que el pontanés en este recital nostálgico
compartido. No nos importa su obvia madurez. Al contrario,
es a las personas como ella que tenemos que mirar y admirar.
Como los vinos nobles, el mejor flamenco, cuando envejece,
puede encontrar su mejor momento, y el baile de algunas
personas mucho mayores que ella, con cuatro pellizcos que
den, está desbordado de arte de lo más auténtico,
la “levadura” de la que siempre hablaba Antonio
Mairena.
Entonces, con mayor respeto y dignidad todavía,
la bailaora está obligada a adueñarse de tan
venerable escenario dentro de tan prestigioso festival.
Milagros es la más fiel y experta exponente de la
esencia de la “escuela sevillana”, prácticamente
obra personal de Matilde Coral, que tiene su continuidad
en esta bailaora que sigue vendiéndola con autoridad
y credibilidad, incluso cuando el baile actual ha tomado
un rumbo fuertemente vanguardista.
La “escuela sevillana”
que tiene su continuidad en esta bailaora que sigue vendiéndola
con autoridad y credibilidad

Una especie de lúgubre popurrí de zambra
al estilo de Caracol con la que empezó, fue impresentable
e imperdonable. Los dos cantaores caracoleros, uno de ellos
que desafinaba hasta en el respirar, tuvieron parte de la
culpa. Otra parte la tenía el extraño vestido
de alas que lucía la bailaora y que le favorecía
poco. Pero el peso del fracaso lo tiene que asumir Milagros
Mengíbar, por haberse apartado de lo que es lo suyo:
de sus bailes clásicos de compás de toda la
vida, de su bata de cola sin la que es como Sansón
sin su melena, y de la exquisitez de su magnífica
estampa de mujer andaluza garbosa.
Llega Luisa Palicio, joven promesa, discípula de
Milagros y competente bailaora. Sin ser nada fuera de este
mundo, limpia el aire con su clásico baile por soleá,
recibiendo aplausos y gritos de aprobación que tenían
que haber sido para su maestra. Luce la primera bata de
cola de la noche, recrea el efecto “cámara
lenta” de Eva Yerbabuena y representa la estética
sevillana con cariño y respeto.
La Mengíbar por fin asume su verdadera personalidad
bailaora, elegante y fascinante por alegrías, esta
vez con su pareja de baile, la bata de cola. Termina con
una larga serie de bulerías de Cádiz, y los
cantaores rematan cantando juntos en voces armonizadas.
Destacable es Rafael Rodríguez a la guitarra que
incorpora hilos de melodías conocidas y temitas insinuados,
como hacen a veces los músicos de jazz, sin perder
el color del palo.
Más información:
Especial XIV Bienal de Flamenco. Programación,
reseñas, fotografías
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