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7 de octubre de 2008
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XIV BIENAL DE FLAMENCO DE SEVILLA



Compañía Antonio Gades
Antología: “Bodas de Sangre”, “Suite Flamenco”


Jueves, 21 de septiembre, 2006. 2100h. Teatro Lope de Vega

 

 

Especial XIV Bienal de Flamenco de Sevilla. Reseñas, programación, fotografías...

Texto: Estela Zatania

Coreografía e iluminación: Antonio Gades. Solistas: Adrián Galia, Stella Arauzo, Joaquín Mulero, Antonio Hidalgo, Marina Claudio, Cristina Carnero, Cristina Villaplana, Carolina Pozuelo, Maite Chico. Cuerpo de baile: Lola Guzmán, Marita Martínez-Rey, Ana Oca, Loli Sabariego, Miguel Lara, Cristian Martín, Elías Morales, Antonio Mulero, Antonio Ortega, Jairo Rodríguez. Cante: Gómez de Jerez, Enrique Pantoja, Manuel Chacón, Juañares. Guitarra: Antonio Solera, Jesús Heredia.

La antología de obras de Antonio Gades cuya primera parte fue presentada anoche en el Teatro Lope de Vega rinde homenaje a uno de los grandes de la historia del baile español y el flamenco.

Stella Arauzo
Adrian Galia

A diferencia del cante flamenco que tiene raíces profundas, el baile se reinventa cada equis tiempo, y la estética de turno siempre corre el riesgo de quedar desfasada. Como Israel Galván en el nuevo milenio, Antonio Gades en su día amplió espectacularmente el vocabulario del baile, y también contribuyó, junto con Antonio Ruiz Soler y Mario Maya, a restar lo que quedaba del factor “pandereta y lunares” del concepto del flamenco como espectáculo teatral. Si ahora “Bodas de Sangre” parece un desfile de lugares comunes, es sólo porque las ideas del maestro alicantino han generado un sinfín de copias y versiones. Fue como el huevo de Colón: una vez abiertas las puertas de la creatividad, toda una generación pasó por ellas dejando atrás al formato que había dominado hasta entonces y que había llegado a una especie de tope psicológico en la persona de Carmen Amaya. De hecho, en la película Los Tarantos (1963), protagonizada por la mítica catalana que estaba a punto de desaparecer, la inolvidable farruca que baila Gades hace historia y marca el claro comienzo de una nueva era.

Las ideas del maestro alicantino han generado un sinfín de copias y versiones

Es necesario asimilar todo el peso de este trasfondo para ubicar el trabajo de Antonio Gades y comprender lo que se pretende en este merecido homenaje que refleja la evolución de la estética del flamenco del último medio siglo, porque no sólo es baile, sino también cante y guitarra de época. Algunos detalles han soportado el paso del tiempo mejor que otros. La escena de la boda es un clásico, y la de la pelea a cámara lenta que parece un ejercicio de tai-chi, cuando el silencio del público es tal que hasta el sonido de un boli apuntando impresiones parece romperlo, no deja de fascinar.

La segunda parte, “Suite Flamenco”, es una serie de bailes sin guión. Aquí sí en algunos momentos se nota cierto desfase que incluso roza lo bochornoso, y casi casi se pierde la complicidad del público. Dos hombres bailando en pareja por soleá se ve poco hoy en día. Un número basado en “Sal que te quiero ver bailar” del Lebrijano emite un fuerte aroma a los años setenta. Seis hombres poco coordinados entre sí (culpa de la dirección artística, no de Gades) provocan la vergüenza ajena y aplausos que no pasan de educados. Pero el baile sólido del poco apreciado Adrián Galia pone las cosas en su sitio. Este buen profesional, aparte de recordar físicamente a Gades, luce su línea gracias a una preparación temprana recibida en su adolescencia de su padre, el bailaor Jorge Luis Caviglia.

La aprobación incondicional del público…pura nostalgia, historia viva…

Se recrea el tango del Piyayo que Gades elaboró y popularizó junto a su pareja Curra Jiménez antes de que ésta formara compañía propia dejando el puesto a una joven Cristina Hoyos que estaba destinada a hacer historia con el bailaor. Y como había sido la moda durante tantos años, el fin de fiesta no es por bulería sino por rumba, aunque un bis por bulerías actualiza el ambiente rápidamente. Hay gritos de “¡viva Antonio Gades!”, “¡viva el maestro!”, y la famosa falseta ralentizada con la que Gades empezaba y terminaba las bulerías, es el colofón auditivo mientras un colectivo gesto hacia el cielo por fin se merece la aprobación incondicional del público. Pura nostalgia, historia viva.

Más información:

Especial XIV Bienal de Flamenco. Programación, reseñas, fotografías

 

 
 

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