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8 de agosto de 2008
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XIV BIENAL DE FLAMENCO DE SEVILLA



”Gitanas”
Sábado, 14 de octubre, 2100h.
Teatro Lope de Vega


 

Especial XIV Bienal de Flamenco de Sevilla. Reseñas, programación, fotografías...

Texto: Estela Zatania

Baile: Rosario Montoya “La Farruca”, Pilar Montoya “La Faraona”, Angelita Vargas, Carmelilla Montoya, Saray de los Reyes. Guitarra: Román Vicenti, El Perla, Eugenio Iglesias. Cante: Juana del Revuelo, Mara Rey, Encarnita Salazar, María Vizárraga.

La noche de sábado, en el Teatro Lope de Vega, tuvo lugar el último espectáculo del programa de la Bienal de Sevilla antes de la clausura.

El título “Gitanas” parece insinuar que es una compañía compuesta exclusivamente de mujeres de raza gitana, pero no todos los componentes son gitanas ni mujeres (los tres guitarristas son varones), ni la separación de las razas es buena medicina hoy en día. No obstante, la universal fascinación con la gitanería es una constante, y la propuesta de un grupo de bailaoras y cantaoras interpretando el flamenco desde la perspectiva de una cultura esencialmente machista (no nos engañemos), no deja de ser interesante.

El concepto es todavía más provocativo si tenemos en cuenta que se trata de la familia de los Farruco. Si Israel Galván o Andrés Marín están entregando su mensaje flamenco mediante un planteamiento más cerebral que físico, esta familia sigue interpretando la escuela de la “camisa partía” – pelos en cara, sudores, aceleraciones y pies metralleta, la emoción expuesta sin reservas ni complejos. Visto así, el flamenco es un arte varonil, entonces, el dilema está servido.

Es una propuesta valiente y novedosa que los artistas resuelven con más aciertos que desaciertos. Una sencilla pero atractiva escenografía representa un café cantante del siglo XIX, que bien podría pasar por un tablao actual, y la iluminación puntual entre números de los rincones del fondo revela unos “camerinos” imaginarios. Un poco de teatro y un mucho de baile, buena receta para contrarrestar los efectos de tanta obra que hemos visto en un mes de programación.

Después de una seguiriya que sirve de presentación y es interpretada por todas las bailaoras, el resto del espectáculo es desarrollado en forma de bailes individuales, como corresponde a un ambiente de café cantante o tablao. Saray de los Reyes imita el baile de Farruco cuando mejor hubiera seguido la línea intensa y felina de la Farruca. El baile por tientos de la veterana Angelita Vargas proporciona momentos de gran calidad en un palo que se ha bailado poco en las últimas décadas, pero que tiene posibilidades poco exploradas.

Una noche floja para este grupo tiene más interés que las mejores noches de otros

La comunicación entre Carmelilla Montoya y Encarnita Anillo (Salazar) en la soleá por bulería, enciende las primeras chispas de la noche, y el público responde con su jaleo. Carmelilla, aquella adolescente que fuera, hace treinta años en este mismo escenario con su familia “Los Montoya”, dibujando sus bailes al cante de la Negra, ha tenido sus altibajos profesionales, sin llegar nunca a figura, pero esta noche demuestra que es una bailaora que todavía tiene mucho que aportar.

A la Faraona la han dejado pellizcar en serio esta vez, en lugar de relegarla a un interludio bufo entre bailes. En ella hay más del padre, Farruco el viejo, que en cualquiera de las otras. Su hermana, la Farruca, matriarca espiritual de la familia, vestida de negro riguroso, manga larga, cuello alto, aparece como sacerdotisa del flamenco. Rabiosa y temperamental, es la única que traduce la intensidad del farruquismo en un idioma apto para mujer. Aunque no tiene su mejor noche, su personalidad se impone, sus movimientos comunican cosas importantes y ella misma huye de toda superficialidad. Sale Carpeta, un palmo más alto que la última vez, la madre se agacha a sus pies y él la besa. El niño sigue por soleá con toda la entereza de un adulto – ahora su baile es más sofisticado, más hecho. Sale otro niño a cantarle, nerviosillo, desafinando al principio, pero luego por bulerías empiezan los dos a cocinar a todo gas. Esto conduce a un ritmo ternario con los cantes que el Lebrijano grabara en su día, “Sal que te quiero ver bailar”.

La balanza del experimento: ha habido muchos grupos de sólo hombres, no tiene por qué fracasar un grupo limitado a mujeres, entonces tenemos que valorarlo sin tener en cuenta el género de los intérpretes. Falta buen cante. Las cuatro cantaoras hacen lo que pueden, pero hoy en día la cantera femenina se inclina por los estilos festeros y un decir seudo canastero, perfectamente válido en cierto ambiente, pero con poco empaque para respaldar el baile.

Había baile de primera, pero los Farrucos han subido el listón ellos mismos, y no han llegado a su propio nivel de otros espectáculos. Aún así, una noche floja para este grupo tiene más interés que las mejores noches de otros, no hay que olvidarlo.

Al final la Farruca da la gracias a los técnicos y otros imprescindibles, y destaca la deuda con su hijo, Farruquito, que sale a saludar al lado de su madre recibiendo un caluroso aplauso.

Más información:

 

 
 

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