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”Gitanas”
Sábado, 14 de octubre, 2100h.
Teatro Lope de Vega
Especial XIV Bienal de Flamenco de
Sevilla. Reseñas, programación, fotografías...
Texto: Estela Zatania
Baile: Rosario Montoya “La
Farruca”, Pilar Montoya “La Faraona”,
Angelita Vargas, Carmelilla Montoya, Saray de los Reyes.
Guitarra: Román Vicenti, El Perla, Eugenio Iglesias.
Cante: Juana
del Revuelo, Mara Rey, Encarnita Salazar, María
Vizárraga.
La noche de sábado, en el Teatro Lope de
Vega, tuvo lugar el último espectáculo del
programa de la Bienal de Sevilla antes de la clausura.
El título “Gitanas” parece insinuar
que es una compañía compuesta exclusivamente
de mujeres de raza gitana, pero no todos los componentes
son gitanas ni mujeres (los tres guitarristas son varones),
ni la separación de las razas es buena medicina hoy
en día. No obstante, la universal fascinación
con la gitanería es una constante, y la propuesta
de un grupo de bailaoras y cantaoras interpretando el flamenco
desde la perspectiva de una cultura esencialmente machista
(no nos engañemos), no deja de ser interesante.
El concepto es todavía más provocativo si
tenemos en cuenta que se trata de la familia de los Farruco.
Si Israel Galván o Andrés Marín están
entregando su mensaje flamenco mediante un planteamiento
más cerebral que físico, esta familia sigue
interpretando la escuela de la “camisa partía”
– pelos en cara, sudores, aceleraciones y pies metralleta,
la emoción expuesta sin reservas ni complejos. Visto
así, el flamenco es un arte varonil, entonces, el
dilema está servido.

Es una propuesta valiente y novedosa que los artistas resuelven
con más aciertos que desaciertos. Una sencilla pero
atractiva escenografía representa un café
cantante del siglo XIX, que bien podría pasar por
un tablao actual, y la iluminación puntual entre
números de los rincones del fondo revela unos “camerinos”
imaginarios. Un poco de teatro y un mucho de baile, buena
receta para contrarrestar los efectos de tanta obra que
hemos visto en un mes de programación.
Después de una seguiriya que sirve de presentación
y es interpretada por todas las bailaoras, el resto del
espectáculo es desarrollado en forma de bailes individuales,
como corresponde a un ambiente de café cantante o
tablao. Saray de los Reyes imita el baile de Farruco cuando
mejor hubiera seguido la línea intensa y felina de
la Farruca. El baile por tientos de la veterana Angelita
Vargas proporciona momentos de gran calidad en un palo que
se ha bailado poco en las últimas décadas,
pero que tiene posibilidades poco exploradas.
Una noche floja para este grupo
tiene más interés que las mejores noches de
otros
La comunicación entre Carmelilla Montoya y Encarnita
Anillo (Salazar) en la soleá por bulería,
enciende las primeras chispas de la noche, y el público
responde con su jaleo. Carmelilla, aquella adolescente que
fuera, hace treinta años en este mismo escenario
con su familia “Los Montoya”, dibujando sus
bailes al cante de la Negra, ha tenido sus altibajos profesionales,
sin llegar nunca a figura, pero esta noche demuestra que
es una bailaora que todavía tiene mucho que aportar.
A la Faraona la han dejado pellizcar en serio esta vez,
en lugar de relegarla a un interludio bufo entre bailes.
En ella hay más del padre, Farruco el viejo, que
en cualquiera de las otras. Su hermana, la Farruca, matriarca
espiritual de la familia, vestida de negro riguroso, manga
larga, cuello alto, aparece como sacerdotisa del flamenco.
Rabiosa y temperamental, es la única que traduce
la intensidad del farruquismo en un idioma apto para mujer.
Aunque no tiene su mejor noche, su personalidad se impone,
sus movimientos comunican cosas importantes y ella misma
huye de toda superficialidad. Sale Carpeta, un palmo más
alto que la última vez, la madre se agacha a sus
pies y él la besa. El niño sigue por soleá
con toda la entereza de un adulto – ahora su baile
es más sofisticado, más hecho. Sale otro niño
a cantarle, nerviosillo, desafinando al principio, pero
luego por bulerías empiezan los dos a cocinar a todo
gas. Esto conduce a un ritmo ternario con los cantes que
el Lebrijano grabara en su día, “Sal que te
quiero ver bailar”.

La balanza del experimento: ha habido muchos grupos de
sólo hombres, no tiene por qué fracasar un
grupo limitado a mujeres, entonces tenemos que valorarlo
sin tener en cuenta el género de los intérpretes.
Falta buen cante. Las cuatro cantaoras hacen lo que pueden,
pero hoy en día la cantera femenina se inclina por
los estilos festeros y un decir seudo canastero, perfectamente
válido en cierto ambiente, pero con poco empaque
para respaldar el baile.
Había baile de primera, pero los Farrucos han subido
el listón ellos mismos, y no han llegado a su propio
nivel de otros espectáculos. Aún así,
una noche floja para este grupo tiene más interés
que las mejores noches de otros, no hay que olvidarlo.
Al final la Farruca da la gracias a los técnicos
y otros imprescindibles, y destaca la deuda con su hijo,
Farruquito, que sale a saludar al lado de su madre recibiendo
un caluroso aplauso.
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