| XII FLAMENCO FESTIVAL DE BERLÍN
“Flamenco 3”
“Chanta la mui”
Jueves, 16 de agosto, 2007. Akademie der Künste, Berlín, Alemania
Texto: Estela Zatania
Fotos: Gijsbert Copier
Flamenco 3. Guitarra: Ulrich Gottwald “El Rizos”. Cante: Carmen Fernández. Baile: Elena Vicini.
Chanta la Mui. Baile: Olga Pericet Daniel Doña, Marco Flores.
La jornada de jueves en el Festival de Berlín cambió de escenario al lujoso auditorio Akademie der Künste con capacidad para 500 personas, para recibir a dos espectáculos muy diferentes.
El primero, dos mujeres y un hombre: voz, baile y guitarra. El segundo, dos hombres y una mujer, los tres para el baile con música grabada. Fue como un estudio comparativo en las posibilidades de un escenario con escaso personal y toda la libertad creativa del mundo. Flamenco 3 es una obra que sorprende por su elegante sencillez, una sincera expresión del flamenco contemporáneo. Lo que NO hay: música o cantes no identificables como formas flamencas, instrumentos o percusión más que la guitarra, atrezzo de ninguna clase, máquina de humo. Después de las obras extravagantes de años recientes, el planteamiento directamente te da jindama: “esta gente me va a aburrir con su minimalismo”. Pero sobre la marcha vas recordando, te vas dando cuenta: el flamenco que te enganchó desde el principio, no fue más que esto, una voz, una guitarra, un compás, y siempre fue más que suficiente.
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Elena Vicini, Carmen Fernández, Ulrich Gottwald 'El Rizos' |
Las posibilidades de un escenario con escaso personal y toda la libertad creativa del mundo
Serenidad en el baile. En lugar de aceleraciones alocadas o bailaores que riegan el suelo de sudor con cada pirueta, Elena Vicini, italiana, busca la línea elegante dentro de una estética muy específica, porque el baile flamenco, igual que el carácter español y andaluz, rezuma elegancia. Se detecta una diversidad de influencias de los más destacados bailaores estilistas de la actualidad, desde Farruquito o Belén Maya, hasta Rafaela Carrasco o incluso Israel Galván.
Serenidad en la guitarra. Ulrich Gottwald “El Rizos”, alemán, con su sensibilidad flamenca, y conocimientos que delatan el desorbitado cariño que aconseja cada nota que toca, muestra un estilo clásico que ha asimilado perfectamente los detalles contemporáneos que exige su juventud.
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Daniel Doña, Olga Pericet, Marco Flores
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Serenidad en el cante. Carmen Fernández, natural de Utrera y afincada en Alemania desde hace 20 años, no se ha olvidado de la esencia. Conoce el cante desde pequeña, está en ella, y posee ese clásico decir utrerano de la voz limpia y sincera, sin efectismo de ninguna clase. Malagueña con abandolao que sirve de pretexto para bulerías, la petenera, cantada de perfil como si quisiera esquivar los malos duendes (siempre algún supersticioso abandona su asiento cuando suena la petenera) y soleá por bulería. El espectáculo acaba tan discretamente como empezó, y Carmen se marcha, cantándose solita: “La música me atrapa, sus notas me lastiman, de mi garganta sale, una corona de espinas”, un verso especialmente apto para terminar, porque los tres no se imponen en ningún momento, sino que se dejan llevar por el flamenco. Sin trucos ni efectos especiales, la contemporaneidad al servicio de los cánones, estos artistas demuestran que ya nadie tiene por que abochornarse de la presencia extranjera en el flamenco, que es un realidad ineludible, el resultado natural de cincuenta años de globalización.
La segunda parte del programa fue la obra presentada en Londres el año pasado, “Chanta la mui”, de Olga Pericet, Daniel Doña y Marco Flores, tres jóvenes maestros con un espectáculo original e inteligente, pulido y profesional, y casi cero contenido flamenco. Una estética rigurosamente posmoderna que pretende contemporaneidad, aunque a los ojos de un bailarín contemporáneo, podría quedar hasta desfasada, resulta novedosa, o desaconsejada, según el criterio de cada uno, por su inclusión en un festival flamenco.
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Olga Pericet |
Ascético y cerebral sin llegar a frío gracias al abundante talento de los tres componentes
Una paleta de colores que se limita principalmente al negro y gris oscuro, con el obligatorio destello de rojo electrizante de una bata de cola que luce Olga y plumas a juego que caen desde lo alto, llega a cansar, no tanto por la falta de estímulo visual, sino por lo que se siente como el afán de los intérpretes de que nadie les acuse de cometer el delito de flamenco. Echas de menos a la voz humana. Con la deslumbrante excepción de un martinete grabado de Manuel Agujetas que momentáneamente alivia la ausencia de demencia, por lo demás, es un planteamiento ascético y cerebral que no llega a frío gracias al abundante talento de los tres componentes. Su extrema competencia hace que aceptes el espectáculo por lo que es: una obra dancística y teatralmente impecable, que no pretende representar el flamenco. De hecho, la farruca de Marco Flores, ganador absoluto en baile del último concurso de Córdoba, que ofrece el interludio más convencional de la obra, casi queda fuera de lugar dada la tónica del resto de la presentación.
Detalles destacables incluyen una especie de “suite torera” que parece burlarse del tópico de la corrida, otro número con música oriental grabada, chanson francesa para un baile de cabaret, un baile de los tres con sendos diminutos abaniquitos y un baile fascinantemente robótico de Olga.
Sería absurdo decir “esto es malo porque no es flamenco”, pero sí digo y afirmo “esto es excelente y no es flamenco”. Se supone que no se puede demostrar un valor negativo, entonces no me incumbe a mí aportar pruebas al respecto. No obstante, sigo defendiendo el concepto de que habiendo cante y compás, puedes hacer lo que quieras y será flamenco; eliminas estos elementos y el flamenco desaparece. Éxito resonante con el público berlinés.
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