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Estela Zatania
Tres individuos únicos, inconfundibles, cada
uno a su manera. Inadaptados dirían algunos, genios
incomprendidos dirían otros.
Diego de Morón, sobrino del guitarrista Diego del
Gastor, aquél que fue hijo adoptivo de Morón
de la Frontera y abanderado de una escuela de toque tan admirada
en el extranjero que durante unos años a finales de
los sesenta y principios de los setenta, el pequeño
pueblo de Morón se convirtió en una especie
de meca para la afición norteamericana, mientras que
la nacional, poco caso le hacía. Diego del Gastor murió
soltero en 1973 dejando la esencia de su toque a cuerda pelá
a cuatro sobrinos, de los cuales el que más fielmente
sigue la línea es Diego de Morón, hombre independiente
y filósofo sin cartera.
Manuel de los Santos Pastor, patriarca de la familia cantaora
de los “Agujeta”, herederos del legado de Manuel
Torre, voz rancia y desgarradora. Respetado por la casi totalidad
de la afición por su poder comunicativo mediante el
cante, también es conocido por su vida bohemia y espíritu
independiente, su forma anárquica de cantar y las declaraciones
estrambóticas que ocasionalmente hace para la prensa.
Una figura del cante a tener en cuenta, se mire como se mire.
Flamenco como se tocaba justamente
antes de que otra generación emprendiera su viaje hacia
el experimentalismo
Dijo el escritor P.D. James que “La creatividad
es la resolución exitosa de los problemas psíquicos”.
No sabemos si la reaparición del Niño Miguel
representa semejante paz mental, pero hace pocos días
este guitarrista, nacido dos años después de
Camarón de la Isla y del que muchos entendidos dijeron
que borraría a Paco de Lucía del mapa, tuvo
la valentía de hacer lo que muchos fenómenos
actuales no se comprometen a hacer: un recital de casi una
hora, en solitario, sin cajón ni palmeros ni yembé.
Como salido de una cápsula del tiempo, con la ventaja
asociada de no estar “contaminado” por el jazz,
tocó flamenco como se tocaba justamente antes de que
otra generación emprendiera su viaje hacia el experimentalismo
con afinaciones alternativas, acordes “verdes”
como antes decíamos y un compás correcto pero
oculto que ya no involucraba al aficionado con la misma urgencia.
La carga emotiva era fuerte. Su aspecto desmejorado, más
allá de los treinta años que han pasado, produjo
un grito ahogado de asombro entre los de cierta edad que lo
recordamos con cara de adolescente. Tomó asiento, pidió
disculpas mencionando algo de estar “malito” y
arrancó con sonidos bellos y misteriosos, un ataque
absolutamente dinámico, debiendo mucho a Paco de Lucía,
no cabe la menor duda, con detalles de Sabicas a través
de aquél, pero con su propia personalidad y bastante
material original, sorprendentemente fresco para nuestros
oídos. Acepta el primer aplauso efusivo casi avergonzado.
Se le nota amigo íntimo de su instrumento. Afinaba
en pleno vuelo como el profesional más experimentado,
y modulaba entre escalas con perfecta soltura. Cabía
esperar peor técnica, y por descontado no tocó
a la altura actual, ni muchísimo menos, pero tampoco
fue nada desdeñable teniendo en cuenta la dificultad
del material. La mano izquierda parecía responder,
la de las posturitas, pero le falló la mano trabajadora,
la que pica y rasguea, y la coordinación entre ambas.
De proponérselo, en pocos meses de estudio alcanzaría
a los mejores maestros actuales, pero es muy poco probable
que el hombre se apunte para eso.
Piezas largas que no sonaban a “temas”, sino
a como se tocaba antes: excursiones melódicas ligadas
por frases rítmicas que nos mantenían perfectamente
ubicados y nos preparaban el oído para asimilar falsetas
cada vez más sofisticadas. Ni un momento aburrido,
recuerdos de un Paquito más flamenco que el de ahora,
y un toque de atención para todos los maestros actuales.
NIÑO MIGUEL,
UNA LEYENDA VIVA DE LA GUITARRA FLAMENCA, REAPARECE EN EL
CENTRO CULTURAL EL MONTE
Fernando González-Caballos
EFE
La noche del 10 de marzo, Niño Miguel reapareció
después de casi 30 años en la Sala Joaquín
Turina del Centro Cultural El Monte, en Sevilla.
El pasado jueves, la historia del flamenco volvió
a escribir otra página dorada. Hacía más
de 30 años que el tocaor onubense era injustamente
ignorado. Una enfermedad mental y una situación vital
extremadamente precaria hacen que quién fuera –dicho
por Paco de Lucía- uno de los mejores guitarristas
flamencos de la historia, viva como un vagabundo errante en
las calles de su ciudad.
Fiel a su propia filosofía, la productora sevillana
Taller Flamenco, diseñó un espectáculo
homenaje al guitarrista, en el que además del propio
Miguel actuaron Agujetas y Diego de Morón.
Miguel Vega de la Cruz, Niño Miguel (Huelva, 1952).
Hijo del guitarrista almeriense Miguel el Tomate es considerado,
a pesar de la inconstancia de su carrera, uno de los grandes
tocaores del flamenco. Aprendió a tocar junto a su
padre y siendo un niño ya acompañaba a primeras
figuras del cante. El los años 70 su forma de acometer
el toque causó sensación. Obtuvo en 1973 el
premio de honor del Concurso Nacional de Guitarra de la Peña
Los Cernícalos de Jerez, y Televisión Española
le dedicó un especial en el programa ‘Raíces’.
Grabó dos discos con Universal, reeditados en 1999
bajo el título ‘Grabaciones históricas.
El flamenco es universal. Niño Miguel’, disco
actualmente descatalogado. Se prodigó poco en los escenarios
y de hecho, la III Bienal de Flamenco de Sevilla supuso casi
su despedida. A la grandeza de sus composiciones han rendido
tributo guitarristas como su sobrino Tomatito y Rafael Riqueni.
De su legado musical destacan piezas imprescindibles como
el fandango ‘Brisas de Huelva’ o el vals ‘Lamento’,
por fortuna transcritas bajo el título ‘Guitarra
gitana. El Niño Miguel’. Niño Miguel ‘vaga’,
actualmente, con su guitarra por las calles de la capital
onubense, alejado por completo del circuito profesional. Su
actuación El 10 de marzo de 2005 en la Sala Joaquín
Turina, dentro del ciclo ‘Jueves Flamencos’ de
Sevilla, supone una de las pocas oportunidades que los aficionados
han tenido en años de disfrutar de su guitarra.
Granaína, alegrías, zambra, bulerías
y taranta. Cincuenta y cinco minutos para la historia y una
lección. La dignidad y el arte no tienen precio.
Hoy andará deambulando por esas calles de Huelva para
buscarse la vida y la ruina, mientras aquellos que le ponen
un traje y lo afeitan se reparten el botín.
En la otra cara de la misma moneda estaba Diego de Morón.
El hijo de Joselero vino a demostrar que su tío Diego
le enseñó mucho más que una forma de
tocar. Por eso subió hasta la misma boca del escenario,
para volverse loco y morir de gusto escuchando a Miguel. Cierto
es que su toque está en las antipodas del onubense.
Pero es ahí donde se encuentra la verdadera grandeza
del arte.
Trasmitir sencillez es bastante más complicado de
lo que parece. Pegar cuatro gañafones por seguiriyas,
soleá y bulerías y acabar con el cuadro sólo
está al alcance de unos cuantos, a pesar de que hoy
se toque la guitarra mejor que nunca.
Diego había venido a despacharse a gusto. A su manera.
A bordonazo limpio. Se destripó gozando. Se paró.
Le pegó un pellizco a las cuerdas y transmitió.
Pintó de oro su nombre para estar junto a Miguel en
un cartel histórico, en el que por cierto, Agujetas
se dedicó a casi todo menos a cantar de ley. Y es que
aunque sólo fuera por respeto a Miguel tenía
que haber echado sangre por la boca.
No sabemos si esta habrá sido la última vez
que Miguel se sube a un escenario. Igual que no sabemos cuanto
tardará en volver a hacerlo Diego. De cualquier manera
es irrelevante porque no sólo llega tarde, sino gracias
a una institución privada como El Centro Cultural El
Monte y la buena voluntad de unos cuantos románticos.
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Niño Miguel
'Guitarra gitana'
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Agujetas
'Rey del cante gitano'
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Diego de Morón
'A Diego el del Gastor de Morón'
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