Bienal de Flamenco 2010
 
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3 de septiembre de 2010
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XXI JORNADAS FLAMENCAS DE FUENLABRADA

Fuenlabrada, 10 - abril- 2005
Auditorio C.C. Tomás y Valiente

 

CLAUSURA CON LUCES Y SOMBRAS

1ª Parte. En concierto: Víctor Monge “Serranito”; Teclado: Moisés P. Sánchez; Percusión: Víctor Monje “Junior”; Guitarra-bajo: Julián Vaquero; Guitarra: Rafael Morales; Flauta: Fernando Bravo.

2ª Parte.
Cante: Chano Lobato; Guitarra: Niño Manuela.
Cante: Diego el Cigala; Guitarra: Manuel Parrilla

Texto: Manuel Moraga
Fotos: Rafael Manjavacas

Tres maneras diferentes de entender el flamenco se concitaban en la última de las Jornadas Flamencas de Fuenlabrada. Hubo arte, pero un sonido inapropiado para ese espacio, por un lado, y la extensión del cartel, por otro, deslucieron en parte la noche, aunque no el resultado global de unas Jornadas con un programa memorable.

Extrañaba que a Serranito no le salieran las cosas con limpieza. En la mitad de su actuación confesó estar recuperándose de una dolencia en uno de los dedos. En un guitarrista poco experimentado podría sonar a excusa. En Serranito, que tiene precisamente en la técnica uno de sus principales valores, sonaba a verdad y así lo reconoció el público con un sonoro aplauso de ánimo. Con todo y con ello, a pesar de esa merma física –esperemos que transitoria-, pudimos disfrutar de las originales ideas que Víctor Monje propone con su guitarra y, en este caso, también con las aportaciones de su fantástico teclista, con quien mantuvo diálogos de gran altura musical.

El agua está siempre muy presente en la obra de Serranito y también se dejó sentir en el Teatro Auditorio Tomás y Valiente de Fuenlabrada. Comenzó en Cazorla con el nacimiento del Guadalquivir; nos llevó al encuentro de éste con el Genil y terminó su recorrido en Triana. Por el camino, un recuerdo a Federico García Lorca y otro a “Dani”, hijo de una amigo del guitarrista que “nos dejó demasiado pronto”, dijo el maestro. La sensibilidad de Víctor Monge quedaba demostrada una vez más, así como su manera de construir su lenguaje, buscando tonos casi imposibles pero que, en ningún momento aparecen forzados, sino lógicos y acoplados al sentir y al desarrollo de su mensaje.

Lo de Chano Lobato es digno de tesis doctoral. Con su edad, con su fragilidad, con su diabetes y con todo lo que tenga de añadido, uno se pregunta ¿de dónde saca las fuerzas para cantar así? Hizo sus cosas: sus tanguitos, sus soleares, su malagueña, sus alegrías, sus bulerías… sus cositas, que hay que ver el sabor que tienen. Y luego está la gracia, que la pone en el escenario desde el principio: se abre el telón y ahí está Chano, con su guitarrista (que estuvo estupendo, por cierto), sentado, esperando. Sembrao. El gaditano gana al público con su sencillez, con su honradez, con su humanidad, con sus chascarrillos y, sobre todo, con su arte. En definitiva es un “saber”: saber estar, saber cantar, saber escuchar, saber hablar. Alguien del público le gritó algo así como que hablase menos y que cantara más… Ese tipo podrá dárselas de lo que quiera, pero pasará por la vida sin haber entendido nada de lo que es el flamenco. Dice el maestro que la señorita Carmen, su médica, le tiene prohibida la bebida por su bien. Por el bien de Chano y por el nuestro, esperemos que no le prohíba el cante.

Salir después de Chano Lobato es lo que se suele definir popularmente como un “marrón”. Recuerdo que hace algunos meses en la madrileña sala Clamores actuaba tras el maestro un humorista famoso, de esos que salen en la tele. No tuvo nada que hacer. Chano vino a cantar y nos provocó agujetas de tanto reír. El humorista vino a hacernos reír y lo que consiguió es que nos salieran agujetas en las piernas de tanto correr… Quizá sea exagerado, pero lo cierto es que media sala nos fuimos a los diez minutos. No es que pasara lo mismo ayer con El Cigala, pero la verdad es que no hubo color. Las cosas como son.
Y eso que el madrileño no estuvo mal.

Comenzó por tonás-carceleras y terminó por bulerías, añadiendo unos fandangos como bis. Diego hace los cantes muy personales apoyándose en su voz privilegiada (muy flamenca, afinada y con una gran amplitud de registros) en su gran sentido del compás y en su sentir gitano. Reelabora con gran belleza algunos cantes pero, a mi juicio, a veces resulta un poco chillón y monótono. Si a eso le añadimos que era el tercero de la noche (con casi dos horas de flamenco previo) y el atentado sonoro del Auditorio, no es de extrañar que algunos aficionaos saliéramos un tanto saturados.

Y aquí entramos en otro apartado: el sonido. Con Serranito el sonido tenía una intensidad aceptable. Con Chano se disparó y con El Cigala un servidor tenía que taparse los oídos directamente. Y algo parecido ocurrió en los días anteriores. Un auditorio está concebido para que la acústica natural esté muy favorecida, de tal forma que un actor pueda proyectar su voz hasta la última fila con poco esfuerzo o con una mínima ayuda técnica. Un auditorio moderno (recién inaugurado, para ser más exactos) no precisa la cantidad de watios que nuestros oídos han padecido estos días en Fuenlabrada. El Cigala no paraba de quejarse porque no oía sus monitores (los altavoces que tienen en el escenario como referencia), y no me extraña porque los altavoces del público tenían tanta “caña” que a buen seguro, el sonido se metía en el propio escenario y tapaba los monitores de los artistas, lo cual hace muy dificultoso el trabajo de éstos.

Así que un auditorio que, en teoría, debe estar diseñado para que el sonido llegue al público de la forma más natural posible, ha sido utilizado estos días para meter watios a punta de pala y agredir nuestra sensibilidad. Para ese viaje no se necesitan tantas alforjas.

El sonido nos perjudicó a todos, pero sobre todo al Cigala. Era el último (y encima venía después de Chano), la noche empezaba a ponerse larga, no se encontraba a gusto con el audio (ni él ni nadie, pero él estaba trabajando) y, por si fuera poco, su cante fue en ocasiones tremendamente chillón… Entre unas cosas y otras, algunos deseábamos que la cosa terminara cuanto antes.

 

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