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Flamenco Festival USA
Eva Yerbabuena
"5 Mujeres 5"

"5 Mujeres 5"
Domingo, 30 de enero, 2005. 1900h.
City Center, New York City.

Calzados de Arte Fyl te ofrece el seguimiento del Festival Flamenco USA

Texto : Mona Molarsky

Camisones blancos, mensajes confusos, la mensajera intachable

Baile: Eva Yerbabuena, Mercedes de Córdoba, Asunción Pérez, María Morena, Sonia Poveda, Luis Miguel González, Amador Rojas, Eduardo Guerrero, Juan Manuel Zurano. Músicos: Marta de Castro, soprano. Pepe de Pura, Enrique Soto, cante. Paco Jarana, guitarra. Antonio Coronel, percusión. Ignacio Vidaechea, saxo, flauta. Rafael de Utrera, cante. Coreografía y dirección: Eva Yerbabuena. Coreógrafo invitado: Javier Latorre. Dirección: Hansel Cereza. Música: Paco Jarana. Adaptación de versos populares: Arcángel, Segundo Falcón. Iluminación: Raúl Perotti. Producido por Eva Yerbabuena, S.L.. Raquel Domínguez, vestuario.

Cualquiera que se aficiona al flamenco hoy en día debe de sentirse partido en dos en muchas ocasiones. Hay aquellas noches cuando las notas de una buena guitarra y una voz básica e hiriente te transportan a un lugar tan antiguo y misterioso como Stonehenge. Luego aquellas mañanas cuando coges el móvil, miras el reloj y vas corriendo para el tren, convencido que has sido seducido por una visión absurda e imposible. A la luz del día de repente parece tan obvio que el flamenco no tiene nada, pero nada en absoluto que ver con la vida moderna tal como la conoces. Tambaleándose entre estas dos experiencias es más que suficiente para volverle esquizofrénico a cualquiera.

Así debe de ser con Eva Yerbabuena cuya obra “5 Mujeres 5” parece simultáneamente abrazar y desmontar el flamenco. ¿Fue su intención este proceso de desmontaje, o es simplemente el resultado natural de algo más profundo? Difícil de saberlo. Esta polémica obra, que le ha valido tantos halagos como condenas con el público europeo, debutó en Nueva York con todo el papel vendido en City Center el pasado domingo 30 de enero. A juzgar por el caluroso aplauso final, se podría decir que la presencia de Yerbabuena y su extraordinario talento lograron superar cualquier duda que hubiera podido tener el público acerca de la coreografía y guión.

El famoso telón color carmín del City Center ya estaba levantado dejándose ver un escenario oscuro cuando la gente iba acomodándose, charlando, besando a los viejos amigos... De repente se atenuaban las luces y las voces se callaban. Dos figuras femeninas y una butaca blanca están iluminadas por un foco. Entonces, de sopetón, se apagan las luces y de nuevo sólo hay oscuridad. Se escucha el lejano sonido de taconeo, y según incrementa el volumen, una luz negra desvela fragmentos de figuras. Otra vez el silencio negro y absoluto. Ahora una mujer vestida de blanco, sentada debajo de una luz cenital, y una fila de mujeres igualmente vestidas realizan los pasos controlados del baile moderno. Suena la guitarra de Paco Jarana y las mujeres se deslizan, majestuosamente, en una especie de pavana modernista.

 



De repente parece obvio que el flamenco no tiene nada, pero nada en absoluto que ver con la vida moderna tal como la conoces

Había dado comienzo el ballet. O al menos eso esperaba uno. Pero había algo ligeramente chocante, desde el principio. En primer lugar, aquellos camisones blancos y sin forma que llevaban Yerbabuena y las bailaoras. De haber sido una actuación al aire libre en un festival, las ancianas de la última fila de sillas de madera hubieran estado chismorreando “ay Matilde, ¿qué llevan esas nenas?, ¡creo que se han olvidado de ponerse los vestidos!” “No Eulalia, están en camisón...es el último grito para estas ocasiones”. “Eh, silencio señoras, ¡vamos a ver el espectáculo!”

Igual que las mujeres, los componentes masculinos del grupo vestían de blanco: pantalón, chaqueta y camisa amplia. Si las mujeres parecían musas a punto de acostarse, los hombres recordaban marineros de puertos caribeños. Ambos grupos se movían con una precisión fría y absoluta que no admitía individualismos – una versión flamenca de un “ballet blanc” tradicional.

Los músicos son un punto fuerte de la producción. La guitarra de Paco Jarana lo mismo suena rítmica y lírica en la línea tradicional, que jazzística y actual. La percusión de Antonio Coronel y la flauta y saxo de Ignacio Vidacchea aportaron luz a los elementos ‘fusionados’ tan de moda actualmente. Pero fue el cante dinámico de Rafael de Utrera y Enrique Soto (de la gran dinastía cantaora de Jerez de los Sordera), que dio una estructura, y el peso de la tradición. Ojalá hubieran tenido más sustancia con la que trabajar. Siguiendo la estética algo fragmentada de la obra, las formas clásicas del flamenco – soleá apolá, minera – se mezclaban con trozos de libre concepto dejando un flamenco irreconocible a veces. “¿Fue eso la minera?” preguntó una flamenca irritada detrás mía...y más tarde “¡pues anda que p’adivinar lo que están haciendo!”

Yerbabuena empleó su compañía como una entidad unificada, trasladándola por el escenario en bloques arquitectónicos, brazos por encima de la cabeza, manos dando vueltas, dedos chasqueando – lugares comunes que tenían frescura en su día, cuando el estreno de West Side Story, pero que alcanzaron su apogeo hace una década con las coreografías lasveguianas de Joaquín Cortés.

Una muñequita de trapo, otra dinámica la mueve, incapaz de parar sus propios pies...

Pero algo parecía fuera de lugar. Mientras que el grupo se movía con la precisión de una musical de los años cuarenta, Yerbabuena estaba desincronizada. Se tambaleaba, empezó a caerse, las manos a la cabeza en un gesto de desesperación. Se cae al suelo, se levanta, vuelve a meterse en el compás, vuelve a tropezar. Parece exhausta, apenas capaz de seguir. Pero sigue bailando, obligada por el ritmo insistente de guitarra, percusión y palmas. Es una muñequita de trapo, otra dinámica la mueve, incapaz de parar sus propios pies, una versión actualizada de la protagonista de “Los Zapatos Rojos” , la bailaora parecía condenada a bailar hasta la última gota de sus fuerzas. Nuevamente escuché la charla imaginada de las abuelitas: “ay Matilde, ¿qué pasa con esa chica?”...”no lo sé Eulalia, a lo mejor está indispuesta”...”no creo...parece drogada, uno de esos chicos le habrá puesto algo en el café...”.

Empecé a preguntarme, ¿qué está pasando aquí? Durante media hora daba vueltas a esa pregunta mientras que la Yerbabuena representaba un dramón de proporciones épicas. Esto era algo distinto, más trascendente que las tradicionales tragedias cotidianas del amor y de la muerte. Por descontado, el flamenco tiene su propio vocabulario para expresar el dolor y el sufrimiento, la soledad. De hecho, en este sentido, el flamenco es quizás el idioma más expresivo que existe. Pero Yerbabuena no estaba hablando en flamenco. Parecía haber rechazado todos los idiomas del baile y se estaba desintegrando allí mismo en el escenario delante de nuestros ojos.

Mientras que los cuatro varones ejecutaban otra ronda de vueltas y embestidas agresivas, una teoría empezaba a plasmarse dentro de mi cabeza. Quizás nuestra protagonista estaba sufriendo del exceso de machismo que le rodeaba en general. Fue algo tremendo e implacable del cual no lograba escapar, un tsunami invisible que le tiraba en todas las direcciones sin piedad. Qué situación más desgarradora para una mujer en el flamenco, engañada por su mundo, por su idioma expresiva, su propia tradición.

Algo distinto, más trascendente que las tradicionales tragedias cotidianas del amor y de la muerte.

O quizás no fuera el machismo que había derrotado a la diminuta Yerbabuena, sino la curiosa y brutal disyuntiva entre la vida flamenca y nuestro mundo electrónico digitalizado. El choque parecía haberse cuajado en una sustancia tóxica...un líquido invisible parecía extenderse por la superficie del escenario, manchando la piel de sus bonitos zapatos, colándose por sus venas, impulsando el baile alocado. “Ay Matilde, los problemas de la juventud de hoy, vaya...no volvería a ser joven ni por un millón de euros...”

Otro apagón. La voz en off recita unos versos de poesía. Aparece Yerbabuena en medio del escenario bañada de luz realizando un zapateo delicado que crece con urgencia. Los hombres en chaquetas con detalles de raso y las mujeres con delantales de la misma tela se mueven por la pista a compás, asumiendo posturas y actitudes. Yerbabuena también con compás impecable, fingiendo haber sido apuñalada. Se tambalea y se cae hacia atrás, hombres y mujeres la recogen a tiempo, pero ella rechaza ser socorrida. De repente una voz ronca y penetrante, “¡noooooo!” se escapa de su garganta deteniendo todo movimiento. En el momento de silencio que sigue, Yerbabuena abandona el escenario caminando...

Las guitarras y la percusión arrancaron con una fantasía sonando a bossa-nova que se transformó en tangos. A los pocos minutos la bailaora regresa, vestida de chaqueta corta negra con dorado. Una sorprendente e inexplicable transformación parecía haberse tenido lugar. Estirando su diminuto cuerpo, mirando hacia las luces, la Yerbabuena parecía tan vulnerable como implacable. Por un instante fugaz el recuerdo de Carmen Amaya flotaba, como la sombra de un águila, por el escenario del City Center.

La curiosa y brutal disyuntiva entre la vida flamenca y nuestro mundo electrónico digitalizado

Y así comenzó la seguiriya de Yerbabuena, el momento más logrado de la velada. Enrique Soto partió el silencio con su poderoso grito y ella estiró los brazos hacia el cielo con gesto de humildad pidiendo la bendición de aquellos que habían venido antes. Entonces, con la cabeza agachada, brazos y hombros alzados, se acurrucó sobre sí, como si buscara el hilo que le conduciría al meollo de la música.

Se necesita mucho valor para plantarse tan solitariamente en una pista enorme – el valor suficiente para esperar, sin asumir actitudes, la llegada del espíritu del cante. Sola, sin el cuerpo de baile, por fin Eva la Yerbabuena estaba preparada para comenzar la faena más dura, la de hacer arte para conmover a un público. Con su hermoso y añejo braceo cuyo impulso parecía nacer del plexo, no nos decepcionó. Y cuando recogía sus faldas, lentamente dibujando círculos por el escenario, soltando ritmos complejos pero sutiles en el suelo pulido, fue entonces que me di cuenta que estaba ante una artista de verdad.

A mi alrededor, muchos parecían haber llegado a un consenso y se pusieron de pie para una efusiva ovación al final. ¡Olé Yerbabuena la bailaora! En cuanto a la obra, eso es punto y aparte. Como dijo un entendido, expresando el sentimiento de muchos: “Me gustó la mensajera, pero no el mensaje”.

¿Pero qué decían las abuelitas imaginarias? Hice un esfuerzo y estaba segura de poderlas escuchar: “Ya te lo dije Matilde querida, esa niña sabe bailar”....”¡ay Eulalia! su madre estará orgullosísima. Y su padre. Y los tíos. Y los abuelos...todos sus antepasados...y los nuestros también, que en paz descansen...”

por Mona Molarsky @2005. Todos los derechos reservados.

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