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21 de marzo de 2010
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Flamenco Festival USA
"Los cuatro elementos"

Viernes, 28 de enero, 2005.
City Center, New York City, USA

 

 

Calzados de Arte Fyl te ofrece el seguimiento del Festival Flamenco USA

Text : Mona Molarsky

Una mirada contemporánea para una plaza importante

Baile: Carmen Cortés, Alejandro Granados, Carlos Rodríguez & Rocío Molina. Guitarra solista: Gerardo Núñez. Guitarras de acompañamiento: Rafael Rodríguez & Paco Cruz. Cante: David Lagos & Jesús Méndez. Percusión: Nacho Arimani. Saxo: Perico Sambeat. Dirección escénica: Jacqulyn Buglisi. Dirección musical: Gerardo Núñez. Vestuario: Miguel Adrover. Iluminación: Clifton Taylor

 

No había una entrada ni pintándola la noche de viernes cuando subió el telón de terciopelo carmín para la producción “Los cuatro elementos” dentro del Festival Flamenco USA. El teatro City Center, una confección neoárabe de los años veinte donde una vez bailara la gran María Tallchief con el Ballet de New York, estaba hasta la bandera con los incondicionales neoyorquinos de la danza. Entre el público, tantos abrigos de visón como tejanos y camisetas. Además del inglés y del español, hilillos de ruso, alemán y francés botaban por las venerables paredes. Pero pocos flamencos locales habían acudido. Algunos afortunados habían asistido al preestreno de la noche anterior. Otros guardaban sus dólares para los recitales de Enrique Morente, Tomatito, Carmen Linares o Diego Carrasco programados para febrero

Pero los aficionados al baile de esta ciudad, que suelen estar tan familiarizados con Martha Graham, Merce Cunningham y Alvin Ailey como con Marius Petipa o George Balanchine, se mostraron efusivos con la presentación de los cuatro artistas ejemplares y su concepto contemporáneo del flamenco para una plaza importante.

Se levantó el telón y vimos un espacio enorme y vacío, pareciéndose más a un almacén de los barrios bajos de Manhattan que un bar de copas en Madrid. Cuatro figuras vestidos de negro, tensas sobre taburetes con luz cenital. Sus tacones golpeaban el suelo en una introducción a lo Mario Maya como si declararan “¡somos percusionistas y este es el idioma universal!”

Levantándose, extienden sus largos brazos blancos hacia el techo, rápidamente recogiendo sus dedos en puños. Sus figuras se disuelven en vueltas irregulares al estilo de Martha Graham, sus rostros, máscaras de angustia. Atrás a la izquierda, los guitarristas, cantaores y palmeros esperan como fantasmas en la oscuridad. De esta manera quedamos los espectadores debidamente avisados que lo que vendría a continuación sería una expresión de soledades, un cuento que acontece en cuatro planetas independientes, cada uno viajando y girando por el espacio en su propia órbita gélida.

Un feeling tecnocontemporáneo, tan fascinante como desconcertante

Carmen Cortés
Rocío Molina
Alejandro Granados
Fotos: © Javier Suarez

Esta presentación condujo a una guajira lírica. Rocío Molina, vestida de azul celeste que rompió en espuma de volantitos, personificó el elemento del agua en honor a las influencias indianas sobre el flamenco. Sus brazos blancos y suaves son fluidos y femeninos. Sus caderas evocaban la generosa abundancia de los puertos: de su tierra de Málaga a través de la Habana vieja. Su bata de cola seguía su cuerpo como agua deslizándose por el cuerpo de un nadador. El guitarrista Paco Cruz también estaba a gusto en esta pieza vistosa, deliciosa y latina. Proyectado en el telón de fondo, imágenes resplandecientes de agua aportaron un feeling tecnocontemporáneo, tan fascinante como desconcertante. Pero el logrado baile de la Molina provocó aplausos entusiasmados y gritos de aprobación del respetable.

A continuación, aparece Alejandro Granados en la playa cubana, vestido de los tonos marrón rosáceos de Andalucía. Realizaba los movimientos coreografiados en un paso a dos con la Molina, su mirada fija en algún punto distante. No se comunicaban...apenas parecían estar conscientes el uno del otro. Fueron, después de todo, elementos independientes bailando en continentes diferentes.

Rocío Molina flotaba hacia los bastidores al sonido pregrabado de cánticos que evocaban a esclavos africanos o indios norteamericanos. El ruido aumentaba y disminuía, disolviéndose en el ritmo en vivo de una especie de yembé, tocado por el percusionista Nacho Arman. De esta manera empieza “seguiriyas” en el siglo veintiuno. Al tomar este palo, uno de los más profundos y gitanos de la tradición flamenca, reinventándolo como una expresión tribal genérica, los artistas parecían estar escogiendo la universalidad de la seguiriya en lugar de su fuerza distintiva y única.

Baila Granados, su cara sobria elevada hacia el cielo, quizás buscando a Dios. Es el bailaor ejemplar, masculino sin ser amenazador, en paz con la música, su compás tan natural como la lluvia. Y si su seguiriya, bailado al acompañamiento de guitarra de Paco Cruz y Rafael Rodríguez y el cante de David Lagos y Jesús Méndez carecía de la intensidad emotiva de una seguiriya de primera calidad, nadie debería de sorprenderse. Esta forma nació en los espacios metafóricos de Andalucía, delante de la candela, cuando un gitano lamentaba la solitud de la medianoche. Pocos artistas han logrado trasladar la seguiriya de su hábitat natural a un escenario neoyorquino de manera convincente. Las luces tipo ‘estadio de deportes’ fueron más que suficientes para extinguir esta frágil belleza.

La seguiriya de Granados fue seguido por una “nana” con aires de blues, bailado por Rocío Molina y Carlos Rodríguez con el saxofón de Perico Sambeat. Como salida de la boca del saxo, la imagen de una serpiente amarilla se desliza por el telón de fondo mientras que Rodríguez, vestido de blanco, baila en pareja con la Molina en vestido azul. Rodríguez, el representante del elemento “aire”, de construcción ligera y dimensiones reducidas, exhibe un dominio absoluto y es un felino saltando de punto en punto. Los palmeros marcan sus ritmos redoblados y el bailarín realiza una impecable serie de piruetas y chaînés, haciendo impresionante gala de su formación clásica. Con la bravura de un joven Gades, procedió a bailar con brazos angulares y su taconeo de metralleta fue como chispas de pedernal sobre acero. Igual que Granados, su comunicación con Rocío fue poca y fría, apenas intercambiando miradas, un magnífico asteroide siguiendo su propia estela particular.

Ese poder misterioso que hace que abandones el calor del hogar para ceder al imán irresistible del flamenco

La guitarra virtuosa de Gerardo Núñez tuvo su lugar destacado en un “interludio musical”. Núñez posee un dominio sorprendente y teja un fino encaje de trémolos. Sospecho que la mayor parte del público, los no guitarristas, aprovechaban el descanso para dejar volar la mente durante este elegante solo instrumental, pero los aficionados a la técnica guitarrística se habrán impresionado debidamente.

Unos tangos muy animados con el baile de Granados y Rodríguez, acompañado por la guitarra de Paco Cruz, ofreció nuevamente la oportunidad de admirar la gracia y dominio de ambos hombres, y condujo a un baile sensual por soleá de Carmen Cortés envuelta en seda roja y flecos representando el elemento del fuego. De los cuatro bailaores, Cortés es la más tradicionalmente flamenca. Acompañada por Núñez y el cante de Lagos y Méndez, era la esencia de la soleá. Sus brazos prietos y delgados son una visión de belleza. Un destello de raso amarillo debajo de sus faldas lamía los flecos colorados por los tobillos de la bailaora. Por primera vez en esta velada los del público corríamos el peligro de ser consumidos por la atracción de la música. Esto, después de todo, es de lo que se trata. Ese poder misterioso que hace que abandones el calor del hogar para ceder al imán irresistible del flamenco. Es el momento culminante y emocionante, el momento en el que empieza a cuajarse la verdadera fiesta. ¡Ojalá hubiera habido más de esto!

Demasiado pronto llega el “fin de fiesta” y una bulería jazzística es dibujada por el saxo de Sambeat. Mientras imágenes de llamas doradas son proyectadas por encima de sus cabezas, los cuatro bailaores presentan sendos toques de gracia. Por primera vez Granados se permite que una sonrisa luzca en su hermosa cara varonil. ¿Estábamos disfrutando? Pues sí, hombre...¡por fin!

por Mona Molarsky @2005. Todos los derechos reservados.

 

Gerardo Núñez
'Andando el tiempo'

 

 

 

 
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