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6 de enero de 2009
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EVA YERBABUENA BALLET FLAMENCO

"Eva"

Miércoles 13 de junio, Veranos de la Villa, Matadero de Legazpi (Madrid)

DISCIPLINADAMENTE LIBRE, SINCERAMENTE EVA

Texto: Manuel Moraga

“Es difícil matar a un hijo” –dice la Yerbabuena- por eso todas sus criaturas siguen vivas. En los Veranos de la Villa nos trajo a “Eva”, una reflexión sobre la atemporalidad del flamenco en la que la bailaora deja explícito el catecismo de su arte, búsqueda, disciplina y sinceridad.

Dice Javier Bardem que el noventa por ciento de su trabajo lo hace en su casa y que el resto se realiza delante de la cámara. La creación necesita disciplina, esto es, estudio, trabajo, constancia, inquietud, búsqueda. Como en los buenos actores, la disciplina de la Yerbabuena consiste en buscarse para conocerse y esa es una de las tareas más difíciles del ser humano. Eva es única en expresarse con cada centímetro de su cuerpo, con cada articulación y así, cada uno de sus movimientos, cada una de sus quietudes hablan de ella. Son ella misma.

No puede ser de otra forma, porque Eva es incapaz de mentir. Nada de lo que hace es falso. Pero su baile no es verdad, sino sinceridad. La idea de verdad pretende ser universal, mientras que la sinceridad es una verdad privada, personal, intransferible. El baile de Eva Yerbabuena sale de sus entrañas. Es el resultado de la búsqueda de su propia conciencia artística y personal. Eva es clara.

El genio nunca está conforme que lo que hace. Bien al contrario, trata siempre de llenar el vacío de la creación pero nunca termina escuchando el eco de la piedra que lanza a ese abismo. Así es Eva, inconformista.

La Yerbabuena no baila hacia fuera. Su expresión es introspectiva y la resultante es un vector centrípeto.

Y además es mujer bailando. No es baile femenino sino feminidad. No es coquetería, sino espíritu: ternura, dulzura, maternidad… Cada pose de Eva es símbolo, idea de mujer.

Estas son las sensaciones que, después de mucho tiempo sin haberla visto bailar, me ha transmitido La Yerbabuena en “Eva”, una obra de homenaje al flamenco. Eva Garrido adora a este arte en toda su extensión, porque todos sabemos que el flamenco es finito pero ilimitado: hay muchos flamencos dentro del flamenco. Enrique Soto, Jeromo Segura, Pepe de Pura tienen cantes distintos, texturas casi opuestas pero reconciliadas en torno al baile. Y lo mismo ocurre con los bailaores y con los estilos que componen “Eva”, que van desde la granaína (bailada) hasta la guajira, pasando por la soleá, la siguiriya o las tonás.

La granaína es el coto de libertad que para sí se guarda Eva. Como en la guitarra o en el cante, la Yerbabuena hace un baile ad libitum. Eva muere con el cante y siente y baila hasta el último melisma. Baila el alma del flamenco.

La soleá no es solemne, sino sincera y Eva baila hasta a cámara lenta. En la siguiriya la Yerbabuena baila el silencio. La guajira es un prodigio de composiciones escénicas y todo, en general, es tradicional, aunque nada parezca igual.

La cita bíblica dice que “la verdad os hará libres”. La libertad de la Yerbabuena no parece emanada de la mano divina, sino que deriva del resultado de un intenso trabajo de búsqueda interior: una exigente disciplina en busca de su verdad, de su sinceridad. “Eva” es Eva.

 

 
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