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Grilo
XVII Concurso Nacional
de Arte Flamenco de Córdoba
Gran Teatro de
Córdoba
Jueves, 6 de mayo, 2004. 21.00h |
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Baile: Joaquín Grilo, Pastora Galván. Guitarras:
José Quevedo “Bolita”, Ricardo Rivera.
Cante: Carmen Grilo, José Antonio Núñez, Luis
Moneo.
Percusión: Francisco González “Paquito”.
Palmas: J. Carlos Grilo.
Una sobria presentación por bulerías a palo
seco sirvió de declaración de intenciones para Joaquín
Grilo y Pastora Galván, premios ambos en ediciones anteriores
de este mismo festival concurso de Córdoba. En una noche
de flamenco sin fusiones ni argumentos de ninguna clase, los jóvenes
maestros tuvieron el excelente gusto de rechazar el manido concepto
de la “obra”, sirviéndose exclusivamente de las
herramientas que dos siglos de historia flamenca han puesto a su
disposición.
A pesar de un aforo de dos tercios y un público inexplicablemente
frío, hemos presenciado cante, toque y baile de altísima
calidad. La bulería de introducción se disolvió
en una siguiriya a dúo donde la coreografía, algo
sobrecargada de geometrías, se salvó gracias a la
admirable compenetración entre los dos bailaores, y el cante
mejor que aceptable de José Antonio Núñez y
Luis Moneo.
Al no haber cuerpo de baile para hacer tiempo mientras Grilo y
Galván se cambiaban de vestuario, nos colocaron un largo
solo de cante de Carmen Grilo, hermana de Joaquín. Cante
minero terminado por ritmo abandolao, pero fue demasiada responsabilidad
para la joven cuyo decir es más apto para canción
que para cante.
Una proyección fresca y moderna
ricamente confundida
con el recuerdo de un pasado rancio y tradicional
En
las alegrías en ‘mi’ ofrecidas a continuación
Pastora Galván hizo para este palo lo que la Yerbabuena hace
para la soleá. Impresionante la señora con su bata
de cola blanca, su intensidad y su impecable control. Madura más
allá de sus años, sentada, compacta incluso, flamencona
al natural sin gestos rebuscados, dominio... Todo esto, y una proyección
fresca y moderna ricamente confundida con el recuerdo de un pasado
rancio y tradicional. Cantes de la marca Diego Carrasco redondeaban
el aire renovador respetuoso.
El largo baile por soleá de Joaquín Grilo ocupó
el tramo final del recital de hora y cuarto. Quizás el peso
de ser titular y protagonista de la noche le impulsó a excederse
en determinados momentos. Pero no nos equivoquemos, es un genio
y un maestro aunque en algún que otro momento se le pilla
realizando movimientos que no se los cree ni él, queriendo
cometer las mismas locuras que Antonio Canales sin poseer el grado
de locura de éste. No obstante Grilo iba acomodándose
por segundos, y cuando por fin empezó a confiar en sus propios
recursos, que son considerables, su baile llegó a las alturas
que hemos presenciado en otras ocasiones. Hacia medio baile, una
plataforma con resonancia y amplificación adicional situada
al fondo del escenario es el espacio donde Grilo se sincera consigo
mismo y encuentra su verdad de aquel instante, porque las verdades
artísticas no son absolutas sino transitorias e imprevisibles.
Siguió luego fuera de la plataforma y quedó reiterado
lo que hoy día ya nadie puede negar: la bulería se
ha elevado a baile grande, prácticamente un género
en sí, expresiva y magnífica en manos, pies y cuerpo
de bailaores como Grilo.
Texto: Estela
Zatania
Fotos: Rafael Manjavacas
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