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“Celestina”
Cía. Flamenca Carmen Cortés
Martes, 5 de octubre, 2004. 2100h.
Teatro Central. Sevilla.
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Texto : Estela Zatania
Celestina: Carmen Cortés. Areúsa: Trinidad Artíguez.
Melibea: Esther Esteban. Calixto: Isaac de los Reyes. Pármeno:
Niño de los Reyes. Sempronio: Jesús Carmona. Música:
Gerardo Núñez y Manuel Alonso. Coreografía:
Carmen Cortés.
Dos estrellas del mundo flamenco, Carmen Cortés
en baile y Gerardo Núñez en guitarra, son los mayores
responsables de “Celestina”, una historia de amores,
enfrentamientos y traiciones basada en el clásico de 1499
atribuido a Fernando de Rojas y estrenada en el último Festival
de Jerez.
Teniendo en cuenta el alto nivel artístico y profesional
de Carmen y Gerardo es difícil, casi doloroso tener que citar
los múltiples fracasos de este trabajo que no se han saneado
desde su estreno. La música pregrabada de Gerardo es un desfile
de frases hermosas que huyen de las formas del flamenco excepto
en momentos puntuales. Carmen, una de las mejores bailaoras del
panorama actual, opta por el baile contemporáneo, contracciones
a lo Martha Graham y gestos del cine mudo cuando hubiera podido
formar un taco de categoría con bailar por soleá u
otro baile flamenco. Pero no...eso no es posible en esta obra porque
la voz humana ha sido desterrada, nada de cante gracias, somos modernos.
Tampoco funciona como teatro. La historia se presenta como una
maraña de argumentos confusos – el programa cita veinte
movimientos nada menos – incluso para los que conocemos la
obra clásica, los trozos de texto que lee Carmen no se dejan
entender, el ambiente tétrico y hermético no se alivia
en ningún momento y la escasa iluminación completa
la proyección deprimente y existencial. No obstante hay la
sensación de que todo está a punto de convertirse
en flamenco en cualquier momento si sólo se hubiera permitido
el quejío de una voz flamenca.
Un mundo dantesco...ambiente tétrico
y hermético...la abstracción del peligro
El empleo de amplios trozos de tela, tanto en el vestuario como
en el decorado, es un detalle que embellece el misterio de la obra
sin cargarlo superficialmente. En una escena se baila dentro de
una especie de ducha portátil sin agua con el sugerente fluir
de los tejidos translúcidos que sirven de fantasiosas parejas
de baile. La voluminosa capa color borgoña que emplea Carmen
para simbolizar un mundo dantesco casi tiene vida propia y sus amplias
faldas rezuman la abstracción del peligro.
Un brevísimo baile por bulerías – no dura más
de unos treinta segundos – entre Carmen y un bailaor es como
un rayo de sol entre las tinieblas y provoca aplausos al instante,
pero pronto somos devueltos a la laberíntica e impenetrable
historia.
Al final los aplausos educados pero desganados del escaso público
parecían secundar algunas dudas que pedían respuesta
camino de la cafetería del Teatro Central para ahuyentar
el sabor depresivo a golpe de cañitas y conversación
con los amigos: ¿Algún día pasará esta
poco afortunada moda de representar obras rebuscadas decoradas con
apuntes cuasi flamencos? ¿Recuperaremos las grandes figuras
del flamenco para el flamenco? ¿Perderá relevancia
el cante en el flamenco de teatro?
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